¿Cuándo está la sopa?

         Pues cuando la sopa está. Eso digo a quienes toman el laboratorio literario que imparto por ahí, y hace referencia a cuando llega el momento de releer, borrar, reescribir y esperar el susurro o el grito, cuando el relato te dice que no hay que hacerle nada más. En la pintura pasa lo mismo, la obra te dice, no más, no me toques más, déjame así, no necesito más: esto es lo que soy. Unas semanas antes les he invitado a tener la antena encendida; en la calle, en el baño, en el mercado, en el parque, en el autobús, tal vez en un ascensor, en lo más íntimo de sus tripas. Que sean curiosas, que sean sabuesos, porque allí se esconden aquellas damas ocultas a simple vista que son las ideas.

         La curiosidad. El título de este artículo puede ser llamativo si se tiene hambre y si esa laguna de agua con cosas dentro es de nuestro agrado. O si el hecho temporal de la pregunta abre –más que el apetito- la inquietud, el curioseo, que es otra manera de apetencia. Titular un cuento, una novela, una serie televisiva, un cuadro; ponerle el nombre a un niño, a una lancha, a un bus interurbano es una aventura. Titular es preguntar. Preguntar y preguntarse es la mejor de todas las aventuras.

         ¿Se han interrogado cuándo quisieron saber algo por primera vez? Otra aventura, la de escarbar en la memoria. Tal vez no lo logremos, pero en ese camino a la inversa nos iremos encontrando con otros interrogantes que nos asaltaron en la niñez o las ignoramos por naturaleza, como por ejemplo, cuando bebés, ¿qué era esa cosa redondeada y tibia, que tenía una saliente más oscura en el centro que calmaba nuestro llanto, nuestra sed? Mamábamos y punto. ¿Quién se acuerda? Ni herr Freud. Más grandecito, me preguntaba ¿por qué esa especie de peces oscuros que atrapábamos en los charcos, al cabo de unos días le salían patas, crecían, cambiaban de color y cualquier mañana se les caía la cola y cualquier otra estaban verdemente saltando entre las matas? O preguntarme ¿por qué el agua del sifón se iba haciendo círculos y no cuadrados? O preguntarse ¿por qué nunca te verás al derecho en el espejo? ¿por qué a los demás los vemos al revés?

         Tengamos la edad que tengamos, siempre estamos a tiempo si es que hemos perdido esa práctica, ese instinto buscador, rebuscador, preguntador. Si la curiosidad mató al gato, pues que nos maten siete veces. Da Vinci, el ser humano más curioso de todos los tiempos no paró de preguntarse. (El mismo año en que otro curioso estaba pisando la isla de Guanahaní, Leonardo dibujaba el Hombre de Vitrubio). Sí, se preguntó, investigó, probó. Con el agua, con el aire, la tierra; con los huesos humanos, con los de los bueyes, con las vísceras. No se detuvo hasta sus últimos días, sabiendo que muchas de sus invenciones no se podrían realizar, es más, no lo perseguía. El sólo hecho de demostrarse un evento mecánico, una intuición aerodinámica, un descubrimiento fisiológico lo deslumbraba. Y luego a otra cosa, a la geometría, a las alas de las aves, la gravedad, los fluidos.

         También se demoró demasiado en acabar algunos los cuadros que le fueron encargados. Tal vez se resistía a ese “déjame quieto”. O estaba ocupado aprendiendo, enseñándose. Cuentan que en uno de sus últimos cuadernos, mientras intentaba descifrar la cuadratura del círculo, trazando arcos, líneas y tomando apuntes a la luz de las velas, de pronto escribió: “etcétera, que la sopa se enfría…”

 

Este artículo también es publicado por los periódicos La Opinión y El Nuevo Siglo

Para reír, para llorar

         “¡Oh! Es excelente tener la fuerza de un gigante, pero es tiránico usarla como un gigante”. Son unas líneas de Mr. Shakespeare en su tragicomedia “Medida por medida”, que también podría decirse que es una comedia trágica. Trata del poder, de la muerte, la moral religiosa, los dobleces humanos, el atropello sexual, la compasión. Pero sobre todo de la potestad. Han pasado más de cuatrocientos años y la cosa no es que haya cambiado mucho. El ser humano sigue siendo tan mezquino como admirable; y sorprendente (bueno, no tanto) por su capacidad de hacer mal, asegurando que hace bien. Drama y comedia. Eso nos sirven todos los días quienes tienen o se les ha otorgado poder para tal o cual cosa. Con careta o sin ella, estos personajes de no ficción se sirven de él para usarlo en su favor o abusar de él por causas tan terrenas como las posesiones, ejercer la lujuria o ganar a otros el territorio. Y lo que da risa aunque sea funesto, es que estas personas son respaldadas por multitudes tan lúcidas como ciegas, que gastan los pulgares y alguna neurona en reposo para defenderlos, ensalzarlos, y así sentirse parte de ese poder del que despotricarán en privado cuando les llegan las cuentas, cuando hacen la compra. Pero hay una salida fácil: echarle la culpa a los del bando contrario, que se desviven por –también– tener la razón o por imponerla. El poder aturde.

         Sabemos de poderosos que han sido vitoreados, de quienes se han erigido estatuas, se han bautizado parques, avenidas y nos los han embutido en las clases de historia como Grandes. Julio César, Atila, Napoleón, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. O los que esta misma mañana se han despertado convencidos de sus cruzadas, como El judío aberrante o El rubio del copete. (¿Se entiende un país con tantas armas y con tan mala puntería?). Y qué decir del poder en el ámbito privado. Cualquier hijo o hija (siempre se es hijo de alguien o de “álguienes”) podría preguntarse ahora por qué mi papá o mi mamá me dicen que, me obligan a, me fuerzan a…, con sus respectivas conjugaciones en pasado. O cualquier madre o padre se puede preguntar (no siempre se es padre o madre de alguien) por qué mi hijo me… a cuenta de qué mi hija me… Y así, con el hermano mayor, con la prima lejana, con el padrastro cercano, muy cercano. El poder nubla.

         Denle un puesto superior a un ser pequeño (léase vil) y usará su posición para cortarle la cabeza a quien sienta como una amenaza a su incompetencia. Denle una porra, o mejor una pistola a otro ser, digamos, volátil, y podrá atribuirse –según las circunstancias– el hacerla valer como amenaza o a hacerla valer a secas. Concédale poder al alumnado y verán educadores amedrentados. Elijan a la candidata aquella, al aspirante aquel; podrían acertar o errar (¿podrían del verbo podrir o del verbo poder?). Notarán, que una vez investidos, van tomando distancia, asumen el perfil de seres superiores. Apreciarán que no se les verá más sino en pantallas y como que la piel se les torna de mármol. El poder embriaga.

         “¿El poder para qué?” dicen que dijo un político colombiano a mediados del siglo pasado. Estamos a la espera de respuesta. “Oh! It is excellent to have a giant's strength, but it is tyrannous to use it like a giant”. Dame poder maestro William. El poder de la palabra o el del silencio. Dame algo para llorar que quiero reír.

¿La limosna para quién?

         Hace un buen tiempo, cualquier tarde en que iba en un bus capitalino, se subió un niño. Tenía el pelo desordenado. Llevaba unos pantalones de un color incierto y un buzo de lana que sin duda había tenido un pasado mejor. Un niño que pedía. Que pedía para comer. El bus iba medio vacío y yo estaba en el último puesto del bus, el de los músicos. El niño atravesó el pasillo poniendo la mano a manera de cuenco, como si estuviera ante una fuente de agua. Su cara y su verbo eran los apropiados para que los bolsillos y los corazones le dieran algo. Nadie le dio. Excepto yo, que en un gesto nuevo saqué unos cuantos centavos (¡había centavos!).

         Entonces la profusión de las ONG estaba empezando y el cubrimiento para diferentes causas se hizo moda. Otra manera de ayudar, al margen de los gobiernos o de comunidades religiosas y otras organizaciones. La verdad no estaba muy al tanto del asunto, tenía dieciocho años y me estrenaba como estudiante en Bogotá, y el hecho de dar, fue una novedad para mí. En la Pamplona natal, a quienes veía pedir eran personas mayores, ciegas o simplemente, pobres, repobres. Y algún niño también. Un acto novedoso porque allí no había buses urbanos y uno creía que quienes debían dar eran las señoras, los señores, además de que no iba muy líquido que digamos. A esas personas se les llamaba limosneros, mendigos, pedigüeños y sí, las personas les daban, sobre todo a quienes se parqueaban en los atrios de las iglesias. Buen lugar para recibir la limosna, tan asociada a la religión, a esos conceptos de caridad, compasión, misericordia. Visito a la señora RAE (con sus inconsistencias y reticencias) y veo que limosna, como no podía ser de otra manera, viene del griego y del latín tardío y hasta de una deformación del árabe. Voy un poco más allá y me encuentro con que en España “limosnero” es la persona que da, no como en América, que es la que recibe.

         Volviendo al bus, el niño limosnero llegó a mi puesto, puso la mano y le di mi contribución. Ni lo sabía, pero me acababa de convertir en limosnero, según el diccionario. Pero al mismo tiempo renuncié a serlo cuando el niño miró el donativo y en una acción inesperada tiró las monedas al suelo metálico del bus que acababa de detenerse. Se bajó, se fue. Nunca volví a dar limosna o como se llame esa actitud solidaria, desprendida, compasiva, generosa. Conservo ese recuerdo y de vez en cuando aparece, sobre todo al ver pedigüeños profesionales que veo en las esquinas, a las puertas de los hospitales, de las iglesias. Lo son porque lo he comprobado, y lo peor es que, lo que recogen va a un jefe/jefa que dudo si lo repartirá con equidad.

         Toda esta historieta es para apuntar, que sí, que ayudar está muy bien y de hecho lo he realizado donativos con mis hijos (que son mejores personas). Dan los gobiernos y cientos de organizaciones. Pero, ¿sí llegan esas ayudas de verdad? Alimentos, mantas, agua, tanta cosa necesaria… Seguro que sí, dirán los responsables. Yo también quisiera creerlo, que llega a un buen destino. Pero mi condición de “dudador” profesional se hizo patente cuando hace muy poco, una señora ucraniana nos cuidó el perro por unos días. Hablando cosas de su país con ella, me mostró la foto enviada por una hermana suya desde un supermercado de Donetsk. Era la imagen de un paquete de galletas que decía: “Ayuda Humanitaria – Gobierno de España”.

La Tierra estornuda

         Le robo esta imagen a un amigo escritor. Y podría agregar, que el planeta también se suena porque tiene pañuelo. A la Tierra se le ataca desde que a ciertos humanos les dio por dejar de ser andariegos. El nomadismo pasó de moda hace unos doce mil años, en pleno Neolítico, tiempos mejores, sin duda. Eso de hacer un cambuche cada tanto (una vivienda precaria en palabras de hoy), era más que fastidioso. Coger unos cartones, unas latas unos plásticos… Perdón, de esa bazofia aún no había. Eso de cazar aquí, un conejo, un oso; o pescar más allá, unas truchas, unas carpas, qué pereza. Hurgar en la tierra, subirse a los árboles sin haber inventado la escalera o el montacargas; ¿tener que andar medio año y dos estaciones para encontrar un tomate? Para eso está el súper. Despacio, todavía falta mucho, le diría alguien superior a ese humano necio.

         A la Tierra se le agrede desde que al hombre (y echémosle la culpa también a la mujer, You-Too) se le ocurrió domesticar las papas y el maíz, desde que descubrió el cordel y trazó hileras para plantar semillas, esas que cagaban los pájaros y brotaban frutales. Se le violenta desde que le dio por encerrar unas aves que ponían huevos y aspiraban, en un futuro muuuuuy lejano, a ser hacinadas en galpones, sin tener que caminar por los prados. “¡Qué pereza!, si hay un ser con patas de caucho y alas sin plumas que me echa corn flakes cada mañana, ¿para qué quiero gusanos?” (declaración de una gallina activista).

         Desde que alguien bautizó este período como Holoceno, cuando la fauna de dinosaurios se fue al carajo (que queda más lejos que el quinto pino), y el clima fue más cálido, al humano le dio por civilizarse y empezar a batir récords. Cultivar, cebar, formar una familia. “Oye, fundemos un barrio; qué digo, constituyamos un poblado. Tumbemos estos doscientos árboles, tracemos unos límites. Qué tal una bandera, una enseña identitaria. Hay que diferenciarse de los del frente y en unos seis mil años, fundiremos unas hachas y los atacamos”. (declaración de intenciones).

         Y como la humanidad va muy rápido, dizque ahora estamos en el Antropoceno, que según algunos inició con la Revolución Industrial a mediados del siglo xviii y otros le echan el agua sucia a la llamada Gran Aceleración, una centuria después. La creación –entre otras maravillas– de las bombas atómicas, los plásticos, el hormigón, las tostadoras, el efecto de la superpoblación y en general por el impacto humano sobre el planeta ha alterado sus pulmones. Eso, humo, mucho humo, porque oxígeno sobra, como la caspa. De ahí tanto estornudo terráqueo, que algún bautizador experto nombrará borrascas, tornados, tifones y huracanes con nombres muy humanos. “¿Qué la próxima guerra mundial será por el agua?, ¡qué va!, lluvias, inundaciones y tormentas es lo que hay y sobrará. La próxima guerrita será para elegir un mandatario universal”. (¿declaración de un activista gallina?).

         Sí, el planeta se resiente. Y reacciona, como cualquier ser vivo. Si no, pregúntele a cualquier HomoSapiensIA. La Tierra se defiende, se autodefiende; tiene sus propias alcantarillas. Las selvas, los bosques, los océanos, los suelos absorben parte de la porquería que le tiramos a diario, pero también se despeluca. Sí, desde que al ser humano, con su PN (PrepotenciaNatural) le dio por creer que el planeta estaba al servicio de sus extravagancias, la Madre Tierra que nos parió se está preparando y cualquier día, más que estornudar, toserá, trasbocará, peerá y aquellos bípedos listos no serán más que restos hallados por un nómada digital-38G, que estaba de “finde” en plutón.

Uniformes a la carta

         Los desocupados que nos dedicamos a escribir como vicio dulce, solemos patrullar libros o sitios web, persiguiendo palabras, descuerándolas, buscándoles sus máscaras, sus antecedentes, sus metamorfosis. O mientras vagamos por las calles, capturando historias, personajes, gestos, de repente encontramos algo exótico, alguien excepcional, y si tenemos los prejuicios bien ajustados, diríamos que chillan, que no encajan, que son como mosco en leche.

         Iba por una avenida comercial, demasiado comercial, pero con andenes generosos, plataneros y palmeras que son más interesantes que las vitrinas, y lo vi. Venía con paso decidido; de mediana edad, barba descuidada, que para los estándares diría que estaba a la moda si no fuera porque llevaba hábito. Una túnica marrón, sandalias y cuando pasó le vi una capucha larga, algo ajada. Un capuchino. Cruzó con un trotecito la avenida y se perdió en la esquina siguiente. De qué me sorprendía, si ese es su vestuario, su uniforme. Ya en mi mesa de trabajo, me dije que ese podría ser el tema de este artículo y de algún otro: los uniformes. Nos nivelan desde el nacimiento hasta que somos despachados de este mudo cruel. A los bebés de mi época (cuando uno dice “mi época” ¡ay!) los uniformaban con rosado y con celeste aunque le cueste; o de blanco, muy igualitario. Ahora van indistintamente, con teléfono inteligente a la mano.

         La palabra viene del latín uniformis, de unis, único y forme, forma. ¡Qué fácil es el latín! Ya en las legiones romanas los soldados lo llevaban, aunque según chismes, iban como podían o como se les daba la gana. Sigo por ahí y avisto otros uniformes. Mentí, sí miro las vitrinas, las que te dictan cómo debes ir. El molde, el patrón a imitar. “Papá, ya no hay modas”, me dice la hija. Acepto, pero sí hay gente de moda a la quien seguir para aceptarse. Surge un mancito con traje a cuadros; parece que en la lavandería le han puesto un ciclo extremo porque le queda corto en manga y en pernera (como si fuera a cruzar un río) y su cortedad deja ver unas medias con fresas, pues las de chirimoyas están agotadas. Parece flotar, lleva barba podada en barbershop, en absoluta discrepancia con el religioso y no tengo duda de que lo espera otro mancebo, igualito en atuendo, para tomarse un café descafeinado de especialidad. Non cappuccino.

         Uniformes por todas partes. Colegiales privados y cuerpos de seguridad públicos; se ven muy guapos y guapas, aspirando a galones y estrellas, para ir iguales pero con la jerarquía de por medio. ¿Dónde irá nuestro fraile? Él no aspira a rangos, a ser más. Veo al cartero, a la muchacha que barre las calles, a las azafatas de avión y terrestres, a médicos y carniceros a juego, fumando en la misma plaza. Y el clero. En mi juventud veía a los curas con sus sotanas o al arzobispo y su boato, y me daba por pensar que debajo había hombres en calzoncillos, iguales al resto. Me voy al otro extremo y encuentro que el primer uniforme patentado en U.S.A. fue el de las conejitas de Playboy. Corsé, orejas, puños, corbatín, medias y tacones altos. Muy lindas, con su pompón blanco en el pompis. No sé qué pensar. Sí sé qué pensar. Que la gente va como le toca, como quiere o como le incitan. A propósito, el capuchino llevaba el cíngulo, que es una cuerda gruesa atada a la cintura con tres nudos que denotan sus votos: pobreza, castidad y obediencia. Nada que ver con la uniformidad de las calles. Leche en mosco.

"Tourist go home"

         A veces pasan amigos o conocidos por Barcelona y la pregunta recurrente es por qué decidí (mos) vivir por estos lados y si estoy (tamos) contentos, si voy (amos) a regresar a Colombia y tal. Y como un disco rayado respondo (dejo el plural) más o menos lo mismo, según pasan los años. Y para no reproducir lo que suelo decir, decidí preguntarme. ¿Y por qué viene la gente a Barcelona? Pues, además de ver las ocurrencias arquitectónicas del señor Gaudí, del refrito de la cocina de autor y sacarse una autofoto (léase selfie) con una figura de cartón del mejor futbolista de la Vía Láctea, por algunas cosas más.

         “Para gustos los colores”, dicen por acá, pero lo cierto es que el año que acaba de terminar se esperaba recibir unos 16 millones de personas entre turistas y visitantes. Si tomamos en cuenta de que en Barcelona ciudad, hay algo más de 1 millón setecientas mil personas (y muchísimos perros y gatos) me da por pensar vainas, como por ejemplo: si me encuentro con diez turistas y a éstos se les ocurre invitarme una cerveza, pues cada uno pagaría más o menos 25 céntimos para cubrir mi caña. Si fuera al revés, la cuenta me saldría por 25€, más la propia, pues siempre tengo sed.

         Más o menos diez turistas por cabeza, esa es la desproporción. Es como si a la jaula de los periquitos de la abuela le metiéramos parejas de gorriones, vencejos, tórtolas, urracas y algún polluelo de cigüeña. ¿Hay alguna ciudad que aguante esas cifras? Son abultadas y la gente local, pues no exagera cuando dice que está hasta el gorro con tanto viajero, al punto de que muchos nativos y no nativos pero residentes, han dejado de frecuentar el centro y los puntos álgidos de la ciudad. Alguna vez le pregunté a una amiga que cuándo había ido a la Sagrada Familia por última vez. Ella –que rondaba los cuarenta– fue de visita cuando cursaba el último año de primaria. Ya cerraron la nave y están empezando las torres de los evangelistas, le dije. Deberías volver. Ni loca.

         Sí, la gente huye de su propia ciudad, de sus playas, de su patrimonio, porque hay mucho pájaro que canta raro y ocupa mucho espacio. Eso ya pasa con varias urbes atractivas: París (bordea los 50), Cartagena de Indias (entre 6 y 7 millones), Venecia (30).  Cabría preguntarse: cuando salimos de viaje, ¿acaso no nos convertimos en turistas repudiados? Gente, que repudiada o no, deja dólares, muchos euros, muchísimos yenes, y si uno no hace parte de ese pastel, pues se queja. El pastel de los hoteles, los pisos turísticos, los restaurantes, los bares, las entradas a sitios obligados, a conciertos, festivales; las compras, el transporte y la caña dadivosa para algún sediento. Y como visitar la ciudad no basta, pues muchos vienen para quedarse. Ya hay una cuarta parte de extranjeros que puebla las calles y las viviendas. Y éstas cada vez más caras, con nómadas digitales pagando lo que les pidan y fondos de inversión comprando edificios enteros y echando a los vecinos. Más o menos eso sería lo que digo cuando alguien viene de visita y pregunta.

         Hace treinta años, fui (mos) parte de los casi tres millones de turistas que deambuló por esta ciudad. Muchísimos menos que hoy, con mapas de papel, sin redes sociales ni ágiles pulgares. Era la misma BCN, pero otra. La misma señora ciudad de los condes, ahora con algunos maquillajes, ciertos ajustes por aquí, otros retoques por allá. Muriendo de éxito, fracasando de satisfacción.

Regalo prohibido (para Juan)

         De los mejores regalos que se ha hecho la humanidad a sí misma, son la imprenta y la libre difusión de las ideas. Y los peores son la censura y el oscurantismo. (Habrá quien piense que es al revés). Recientemente decenas de medios de comunicación dieron cuenta del “retiro cautelar” de cerca de 7000 títulos literarios de las bibliotecas y escuelas públicas de algunos estados de U.S.A., la tierra de la libertad.

         Una especie de “Index Librorum Prohibitorum”, aquella lista de obras inmorales y heréticas que estuvo vigente por 400 años y hasta hace 60 más o menos. ¿Estaremos ante un “renacimiento” de esas prácticas? ¿Será que a esos infantes a los que se pretende proteger, les sirve tal regalo? Niños y niñas serán salvados de material sensible y pornográfico, gracias a padres y maestros que seguramente les habrán dicho que los niños vienen en Cigüeña Air Lines desde París. Tal vez sea mejor que les regalen para estas navidades una caja de fósforos, un encendedor o una piedra de sílex (el esfuerzo es base de toda civilización) para que le prendan fuego a tanto papel maldito. Qué mejor homenaje a los autos de fe, a las piras que fulminaron los códices mayas o los manuscritos de la biblioteca islámica en Granada en el lejano-cercano siglo XVI. Cenizas. Polvo eres…

         El mayor peso de veto ha recaído en el autor Stephen King (¿por prolífico será?, pues tiene más libros que años), que desde su satánica “Carrie” ha aterrorizado al influenciable pueblo estadounidense. Y al ido Gabo, también le tacharon “Cien años de soledad” y “El amor en los tiempos del cólera”, tal vez para borrar la falacia de que en la zona bananera hubo masacres y que el amor entre dos viejitos es pecaminoso. Escarbando por ahí, podemos encontrarnos con que Texas es el líder prohibidor con algo más de 700 libros, un estado en donde uno de cada tres hogares tiene un arma. Un territorio donde hay más o menos unas 600 bibliotecas públicas y unas 600.000 armas. Saquen cuentas. En general, las historias más censuradas son las de temática LGBTQ+, racismo, o con contenido sexual, violento. (“Caperucita roja” se salvó, gracias a la mutilación hecha por el señor Disney, que le quitó el final al estilo Tarantino).

         Un filósofo –censurado– decía que no se puede evitar que a lo largo de las épocas las ideas cambien, se amplíen y hasta se purifiquen. La naturaleza humana es ir hacia adelante como el elefante, (no el elefante republicano) y tomar el camino contrario parece ser tendencia en estos calendarios que están dando la vuelta a la arepa. Los gobernantes pasan, los libros quedan. En otros países es una constante. China, Bielorrusia, Rusia o Irán, lo hacen, nada raro. Cada totalitarismo con su Index. Quitar es regalar. Libros como “1984”, “Lolita”, “Los versos satánicos”, “El origen de las especies”, que según el viento sople, también han sido prohibidos. Durante el franquismo, autores como Cela o Miguel Hernández no se salvaron de la mutilación. Ni qué hablar del nazismo que censuró hasta a “Oliver Twist”. (El gobierno de Baviera, una vez terminada la II Guerra, prohibió “Mi lucha”. Pobre Adolfito).

         En fin, no hay país ni época que no hayan usado la tijera o la candela frente a los libros. La contra es regalar a ¡Voltaire, Freud, Einstein, Cortázar, Vargas Vila, Miller, Nietzsche, Boccaccio, Sade! “Persígnate, brother”, dijo Rubén. Rubén Blades, porque Darío escribió: “Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso. La vida es pura y bella…Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo…Yo soy Baltasar. Traigo el oro…”.

 

El bostezo

         Uno bosteza una vez, tal vez dos veces y dice que tiene hambre. Tal vez apetito, pero hambre-hambre…hummm. Recuerdo que un chef bosnio (él en sus iras tiraba comida intacta a la basura) me contó que alguna vez sintió hambre-hambre en la guerra de los Balcanes, conflicto del que huyó a mediados de los noventa. Y la sintió porque el hambre no “se tiene”, se siente. Se siente como un animal adentro, voraz. Son como arañazos de un gran roedor que escarba y mordisca. Así, más o menos me lo dijo en su inglés pasable y así lo entendí con el mío, reprochable. La señora hambre así sin más, te come. Y también supe que de tanto sentirla se olvida. Entras en un sopor que alivia y si tienes ojos para mirar a otra persona en iguales condiciones, no necesitas espejo para saber que estás en esa etapa gemelar de quienes tocan el trasportón del viaje final.

 

         Este texto, con algunos retoques –siempre nos estamos corrigiendo– apareció en la extinta publicación “papel Higiénico ilustrado” en 2007 y la desempolvo porque poco ha cambiado. Desde que el humano es humano (y antes) se muere y se mata de hambre. A su izquierda, al escrito lo acompañaba la famosa imagen del fotoperiodista sudafricano Kevin Carter, (captada en 1993, por la misma época de aquella guerra), donde en un primer plano se puede ver a un niño famélico de dos años, postrado sobre el suelo seco en algún lugar de Sudán. Y al fondo vemos al acecho, un buitre que espera, igual de hambriento.

 

         Sí, el tema sigue muy actual, como el apetito de ser popular, como la avidez por poseer, por ejemplo, un yate, un voto, o los territorios de otro país. Y como uno ya no le pregunta a la gente sino a miss AI (Artificial Intelligence) quise saber más y escribí en el buscador: ¿Dónde hay hambruna en la actualidad? Y ella, muy copietas, muy corta-y-pega, suelta: “En la actualidad… bla, bla, bla”, y nombra países “como Sudán, Yemen, Somalia, la República Democrática del Congo y Haití, junto con Palestina. Otras zonas con crisis alimentarias graves incluyen Burkina Faso, Chad, Malí, Nigeria y Siria. Las causas principales son…”. Una maravilla. Si por cada letra de sus millones de respuestas diarias se destinara a esos lugares un kilo de arroz o un profesor, tal vez se quedarían sin resultados las consultas. Pero no es así, ni la demagogia ni el hambre se dejan dominar. Ni quienes la propician.

 

         Puedo decir –la gula autobiográfica es también apetecible– que alguna vez creí acercarme a esa sensación, la del hambre-hambre. Fue en 1994 (por los mismos años) durante un viaje en bus entre Arequipa y Cuzco. El trayecto, que debería ser de unas doce horas, terminó por abarcar una travesía de treinta y cinco. Cosas del subdesarrollo. Y de la generosidad. Como el chofer prometió detenerse para cenar más adelante, le ofrecí lo que quedaba de un paquete de galletas a un niño que viajaba junto al conductor, sin pasaje y con hambre, mucha hambre, me dijo. Yo había almorzado, pero me salté la comida de la noche y el desayuno siguiente, gracias a un atasco monumental y varios desvíos por trochas memorables. Sí, sentí hambre, me alcanzó una punzada en algún lugar del intestino o del orgullo, que queda muy cerca. Sentí un dolorcito, digamos, ¿burgués? hasta que el mismo chico, solidario, me ofreció hojas de coca para mascar como almuerzo. Y masqué. Uno bosteza una vez. Tal vez dos veces. Eso no es hambre. Tal vez sea sueño. Quizás aburrimiento.

La paz ignorante

         Recuerdo –últimamente recuerdo mucho– que desde muchacho escuchaba noticias en la radio. Bogotá D.E. 6 a.m. Después de encender un Pielroja (cigarrillo negro sin filtro con olor a diablo), prendía el aparato. Las noticias. Todos los días, media hora de realidad como una cánula, directo a las entendederas, no al corazón; con el corazón no siente, se siente con otras vísceras. En esa década estaba de moda la guerra de Afganistán (la primera) cuando los gringos apoyaban a los muyahidines, sólo por llevarle la contraria a la U.R.S.S.; armas y dinero llegaron a los fundamentalistas islámicos, los mismos que a principios del siglo veintiuno, decidieron aniquilar con otra guerra que terminó como ya sabemos, hace unos cuatro años. (Es que, ya se sabe, los gobiernos estadounidenses no apoyan a otros pueblos, ellos se apoyan a sí mismos). Al mediodía, después de clases, noticias. Las mismas, y a veces algún flash informativo, como: otra bomba de Pablito en algún lugar de Colombia.

         Recuerdo –recordar es morir un poco– que por esa misma época (1985), un mediodía, estaba en la Biblioteca Luis Ángel Arango, averiguando nosequé. Al salir, se escuchaba un taca-taca, como cuando en una esquina cercana están taladrando el pavimento. Pues no. A cuatro calles había empezado la toma del Palacio de Justicia. Noticia en directo. Y yo, directo al apartamento, con el miedo acostumbrado, esa costra que nos iba cubriendo a todos. (Ese día, allí, murió un buen amigo de la familia. Y morí un poco). Noticia en directo que duró algo más de un día con todas sus horas, con todos sus muertos y sus desaparecidos, que han ido apareciendo, muertos.

         Recuerdo –hay que recordar para tener derecho a olvidar–, que todas las noches, asistía a más noticias, en la televisión. Y después, la telenovela de turno, ese bálsamo que todo lo borraba, hasta que al otro día amanecían nuevas novedades, viejas obviedades y yo ahí, pegado a la radio, pegado al cigarrillo que vivía pegado a mis dedos. Durante mucho tiempo estuve así, muy enterado de la realidad nacional y mundial. Noticias radiales en las mañanas, televisivas en las noches y prensa los domingos, por el magazín cultural, otro lenitivo. ¿Como para qué tanta actualidad? No sé qué pensaba ese muchacho que era yo. Sería para mantenerse informado, pues “hay que saber en qué mundo vivimos”, para tener algo de qué hablar o para tener algo que arreglar al calor de unos aguardientes, porque los países se pueden desinfectar con alcohol.

         Recuerdo –recordar es robar–, que el título de esta nota se lo hurté a una buena amiga. En algún chat, comentando un artículo anterior, me lo dijo: opté por mi “paz ignorante”, ni veo, ni leo ni escucho ninguna fuente de noticias. Pues en esas estoy yo hace un tiempo. Acumulo períodos sin saber de nada, ignorándolo todo. Eso sí, peco –hay que pecar para tener derecho a no arrepentirse–, cuando paso por el quiosco y veo los titulares, las imágenes. Y me entero, por encima, pero me entero. Me pongo al corriente de que cada vez hay más presidentes que hacen lo que se les da la gana, verbi gratia: el rubio gruñón, el circuncidado heroico o el Tarzán de San Petersburgo; también compruebo que Europa es como un perro viejo, que late echado y le faltan dientes, y que Latinoamérica sigue con su fiesta y su monserga. Lo demás me queda muy lejos. Defiendo el periodismo, el periodismo libre, pero ¿como para qué tragar tanta información? ¿Para estar al día, tenso? ¿Es desidia, pereza, indolencia, indiferencia, inapetencia, apatía?: toda. ¿Paz?: mucha.

La ventolera

         Después de un buen tiempo –enmascaramiento sanitario de por medio– los vientos me llevaron al país de origen, a la costa caribe, región bullanguera, fritanguera, amable y sabrosona, por nombrar virtudes y desazones. Tuve encuentros gratos, de esos que pueden ser los últimos; descubrí avances avanzados y retrocesos aplazados, no exentos del fastidio de la comparación. Evoqué, fugaz, tiempos pasados y recordé los versos de “joaquinito” que dicen que al lugar donde fuiste feliz /no debieras tratar de volver. Y extrañamente, me conmovió ver en algunos lugares, contados, el ejercicio infantil del elevamiento de cometa.

         Barrilete le dicen allí en la costa atlántica colombiana, como en Cádiz y seguramente en otros lugares. En el sur de Brasil es un papagaio, y Silvio Rodríguez le puso el nombre de este artilugio a una canción, El papalote. Tantos nombres como el número de colores que llevan estos seres voladores, y menos que la cantidad de niños y no tan niños que han disfrutado y sufrido con este juguete infantil que no siempre fue para infantes. Se sabe –o no–  que fue inventado por los chinos –¡cómo no!– con fines bélicos y de comunicación, pero derivó con los siglos y la occidentalización en pasatiempo y hasta en deporte. Y también se sabe, que el muy ocurrente B. Franklin comprobó con una cometa y una llave, que las nubes tenían cables, enchufes y producían la misma electricidad que aún el humano no ha podido embotellar.

         Al verlas volar y hacer piruetas con un cielo metálico como fondo, era de esperarse que recordara algunos flashes de infancia. Veo a mi nona (así le decimos a las madres de los padres en algunas regiones) recortando papeles muy delgados y coloridos sobre la mesa del comedor. Después, en la cocina prepara almidón y con ese potaje blanquecino y espeso pega con mimo los trozos de papel sobre un armazón de caña hexagonal. Ahora dirán algunos que no, que es romboide, octagonal o tipo delta. Así es y también las hay más sofisticadas, plastificadas y hasta con GPS, Wi-Fi y cámara habrá.

         Elevar cometa se hacía en agosto, el mes de los vientos alisios que aprendí en la escuela primaria. Alguna vez fui a volarlas con mis dos hermanos mayores, pero no me atrajo mucho el hecho de los intentos fallidos que había que soportar antes de que por fin tomara vuelo el hexágono con su cola de trapo y verlo junto a otros, como espermatozoos anhelando fecundar al sol. Así es la vida, podría argumentar: unos construyen, otros pilotan y otros observamos. Y observé. Esa vez y ahora muchos años después, volví a ver niños felices, los que todavía no tienen teléfonos inteligentes ni nintendos, elevando cometas, jalando la pita, la cuerda, el cordel, en ese ejercicio poético de lanzar algo querido al viento y sus avatares, tal vez con la ilusión de perderlo de vista, tal vez con la certeza de recogerlas con presteza o con la incertidumbre de verlas chocar contra el suelo. Vi a tres niños sobre un puente peatonal, con ademanes contentos encumbrando su cometa, aupando, idos, ignorando el chorro de vehículos que pasaban por debajo, con sus flatos y sus humaredas. Vi a otro, solitario, luchador y alegre, con su cometa hecha con una bolsa plástica y negra. Y contemplé a un abuelo que recorrió casi 500 kilómetros con la ventolera y los materiales para enseñarle a fabricar y elevar una cometa a su nieto, quien recorrió más de 8000 para ignorarla al fallido primer intento. Volviendo a los músicos, Bono nos canta: ¿Quién puede decir adónde te llevará el viento?

Por los siglos de las siglas

         La memoria –ese laberinto que esconde y destapa a su acomodo– no me ayuda a precisar cuál fue la primera sigla que aprendí, pero la que aparece así de pronto es INRI. Figuro entonces que a principio de los 70 del s. XX, el yo-niño le preguntaría a algún compañero de primaria. ¿Sabe qué quiere decir el letrero que tiene el Cristo sobre la cabeza? No. Pues Iesus Nazarēnus Rex Iudaeōrum, o sea, Jesús nazareno rey de los judíos. Ahhh. Sólo lo simulo, pero lo claro es que un crucifijo sí estaba en la pared del salón de clase. Y para seguir con los latines (y con la religión) después vi el tal R.I.P en alguna pieza de humor gráfico. No supe qué era, pero como estaba sobre una tumba, pues bueno, pensé que algo relacionado con la muerte debería ser.

         Para exagerar un poco, podría preguntar y responder. ¿Qué es un ser humano? Pues una isla rodeada de siglas por todas partes. (Y de sus primos los acrónimos). Además, creo que nos fascina crearlas, son muy útiles; sirven por ejemplo para alardear como escolar. O para crear una propia con las iniciales de nuestro nombre, a que sí. Otra que debió ser de las primeras que conocí fue E.S.M. así con puntos, aunque la señora RAE diga que no debe llevarlos. Lo escribía mi mamá debajo del destinatario en los sobres de las tarjetas navideñas. Me explicó: quiere decir, En Sus Manos. Ahhh. Y es para cuando se entrega en persona. Ahhh. El yo-niño-grande juega con el buscador de Internet y escribe ESM. La sigla en cuestión es una consultoría, un instituto de investigación, una institución financiera europea, una empresa de minería, otra medioambiental… Libertad de profusión y de confusión. Bien, y cuando llegaban invitaciones, en la parte baja de la tarjeta aparecía en una fuente cursiva muy adornada R.S.V.P. pero no pregunté, tal vez porque la invitación era para los papás y no iba conmigo las cosa; y de haberme interesado, aunque fuera muy francesa la sigla, imaginé algo como: Reservado Sólo para que Vayan los Papás.

         Sí, sitiad_s por todas partes. USA con su poderío entró también en la colección, con el posterior aprendizaje de otras como la CIA y su la caterva de espías cinematográficos, los níveos asesinos del KKK y años más tarde, la grasa aviar del KFC. Por supuesto, la URSS no podía quedar atrás. (recuerdo que los futboleros colombianos decían que CCCP –nombre de la Unión en alfabeto cirílico– quería decir Con Colombia Casi Perdemos, en alusión al empate mundialista 4-4 con este país, en el lejano 1962). Bueno, los rusos, los malos de las películas y de algunas realidades, tenían por su parte a la KGB, ahora SVR, que sigue aplicando tratamientos muy efectivos para que sus detractores cierren el pico. Y ya que estamos en deportes, las organizaciones guerrilleras de mi país también entraron en el diccionario. ELN, FARC, M-19; o movimientos de otros países como el irlandés IRA, ETA en España o el FNL vietnamita. Igualmente, las fechas memorables no han escapado a ser siglarizadas, como el 23-F postfranquista o el 11-S (9/11) muy yihadista. Cuánta violencia alrededor. El ser humano no sólo es un virtuoso creando siglas.

         OK (¡qué anticuado decir ohey!), si quisiera cerrar con un mensaje al estilo redsocialista sigloventiunero (un neologismo no es una sigla ni aspira a serlo) podría ser este: THX (gracias) por leer de nuevo. PLS (please) sigan haciéndolo. IMO (in my opinion) no les hace LOL (reír a carcajadas) pero tampoco les hace daño. XOXO (besos y abrazos).

Las antenas del insecto

         Mr. ElonGod, alias Muskito (insecto sediento de hemoglobina del dólar), en su cruzada magnánima de acercar Internet a los rincones más escondidos del planeta Tierra, ha recibido un revés inesperado. El Estado Plurinacional de Bolivia –por ahora– le ha dicho nanay a la incursión de su sistema satelital y ha preferido seguir –por ahora– con el servicio chino que utiliza desde hace unos doce años. Resistirse a estos dueños del New Olimpo no está mal. ¿Lo está continuar plegados al aparato del ombliguismo de la China? Lo que sí está bien es que a vaqueros así se les den pequeñas lecciones. Puede ser que su servicio sea más fiable, tenga mejores prestaciones y todos esos perendengues, pero también se conoce que quien se suscribe queda atado a seguir pagando más o menos unos US$45, quiéralo o no, pues sus “políticas” amenazan con no poder emplearlo de nuevo si decides serle infiel. Una purga, sin más. Él, tan dadivoso y humanitario se preguntará con la mano en el corazón: ¿por qué la señora tal, nacida en Julaca, un pueblo perdido de aquel país y a más de 3.600 m.s.n.m. no puede ver a un “tiki-toki” sacando músculo en minicalzoncillos? ¿Por qué su marido tiene que perderse a una “tiki-toka” mostrando nalga en minitanga? ¿Por qué privarlos del diccionario quechua-inglés, inglés-quechua? ¿Por qué un pueblo por donde pasa el tren pero no se detiene, va a perder la oportunidad de contar con Internet de 34 ms de itinetancia y con velocidad de 16 Mpbs?

         Cualquiera también podría preguntarse si a esa señora que viste su pollera colorida y su bombín (también importado, pero atuendo oficial del altiplano), o a un señor de la Amazonia, que aún no luce bluejeans (¡vaqueros!), les interesa o necesitan esas “cajitas tontas” que son el televisor, el computador personal o el teléfono móvil. Son soberanos si quieren acceder a esos adelantos alienantes dirá otra, y convertirse en muy tecnológicos y antianalógicos, en muy borregos, como galeotes atados a su cadena. Esos aparatajes que con algo de voluntad sólo olvidamos en las noches cuando viajamos al terreno de las muertes efímeras. Porque el sueño es eso, liberación. Estos pobres, pobrísimos habitantes de sitios remotos, como los nativos de América, África o el Pacífico Sur, no es que se resistan a estas maravillas, de hecho, ya vienen siendo colonizados por las ondas y las pantallas. Pero la tentación, más si se es joven, llegará del todo porque llegará, con el completo derecho constitucional que les asiste. Sí, serán presa de estas irrupciones orwellianas y sus intenciones sospechosas. (Y no es paranoia). Gracias a esta clase de brillantes empresarios, porque lo son, estas personas ya no tendrán que acudir al vademécum que tienen en la espesura de la selva, del bosque o de la puna; ni a la enciclopedia que es el anciano de la tribu, ni a su vocabulario agonizante; mucho menos al Maps que ellos dominan mirando al cielo, ni tendrán que repetir el reel todas las noches contando historias de mitos y leyendas, que no son otra vaina que literatura hablada, como un podcast atávico sin micrófono de altísima definición.

         Igualmente, gracias a él los nómadas digitales –esa otra tribu que encarece las ciudades– podrán irse a trabajar a la Patagonia, a la Polinesia o a la Porra con sus “compus” y sus ínfulas. Recuerdo que un entrañable amigo dice: “el que tiene plata, marranea” (del verbo aprovecharse, mangonear) y nace otra pregunta: ¿será que a este Muskito no le apetecerá largarse con sus antenas a Marte, en una de sus naves espaciales?

¿El show debe seguir?

       Tuve la oportunidad de asistir a un homenaje a Joan Manuel Serrat por sus lazos y sus nudos con América Latina. En conversación muy animada y no exenta camaradería y humor (esos ingredientes de que se untan las amistades genuinas), en algún momento se coló fugaz el tema del retiro, del saber decir hasta aquí he llegado. El Nano, así le decimos los amigos anónimos, dio a entender que ya había dado todo lo que tenía que dar y recibido todo lo recibible. Y también confesó que el fantasma de retornar a los escenarios se le asoma travieso, pero él lo descubre y lo espanta. Al salir, me vino un recuerdo. Hace treinta años, fuimos con mi cómplice a ver a cuatro roqueros. Dijimos: a estos manes no los volvemos a ver, por oportunidad y porque están mayorcitos. Tomamos un bus y después de setecientos kilómetros, medio día y otro medio haciendo fila, los escuchamos bajo un aguacero tropical. Y no hace mucho los vimos junto a nuestros hijos, los mismos cuatro, los únicos vejetes que no han tenido que regresar porque nunca se han retirado, los Stones, que van cayendo como gajos, pero no hay otra.

         ¿Qué es eso de irse a tiempo? ¿Qué es eso de regresar a destiempo? Vemos Por ahí que ciertos músicos exitosos en su época –con todo el derecho internacional y humanitario posible– vuelven a dar conciertos, reeditan discos y a falta de algunos excesos propios de hace medio siglo, llevan píldoras de adultos mayores, por no decir ancianos beneméritos, abueletes marchosos. Se han venido reciclando, reinventando, resiliándose, reutilizándose, como si se tratara de una lata de cerveza o de una partitura arrugada pero prometedora. Cuando los padres tienen esas edades, cuarenta, cincuenta, nos parecen, si no ancianos, sí viejos, y sobre todo, anticuados en cuanto a música y otras pasiones. Pero claro, “el tiempo pasa” dijo Milanés, y ahora que se tienen los años que se tienen, hay quienes se creen muy mancebos, muy jovenzuelas. Y hacen o pretenden hacer las cosas de esas edades tempranas, porque mentalmente persiste una impresión de juventud. Lo cual está bien, hasta que el cuerpo y la mollera aguanten. Y si estos “noveles artistas” –a causa de ruina, nostalgia o simple chance– se sienten igual o incluso mejor, pues se lanzan al escenario donde los esperarán sus fanes con cerveza en mano y pastillero en el bolsillo. No hay lo uno sin lo otro. Estrella sin firmamento, músico sin público, ron sin cola negra, cigarrillo sin pulmón.

         Personalmente, huyo de esa clase de reencauches, pues los encuentro algo patéticos; (acepto pitos y buuuhs). Prefiero el recuerdo o las grabaciones, que son más fieles y guardan mejor la mentira que es el tiempo. Lo han hecho algunos boxeadores, que regresan por palizas aplazadas; o toreros, que vuelven al ruedo a dar muerte o a buscarla. Pero ya se sabe, un deportista o un matador, es anciano a los treintaiocho. Alguien increpará: ¿Acaso a esos músicos no les asiste el derecho de hacer lo que les apasiona? Pues sí. ¿Acaso los aficionados no tienen licencia para asistir a un evento que por lejanía, falta de plata o de edad, no pudieron hacerlo en su día y ahora sí? También.

         Entonces qué: ¿Continuar con el show? ¿Recomenzarlo? ¿Acabarlo? Pues tal vez hacer como Serrat, que ha detectado con naturalidad el momento justo. Es que al humano le apremia porfiar, sentirse querido, no morir para los otros. Y hay quien prefiere romper los espejos y –como dice su amigo Sabina– no creer eso de envejecer con dignidad.

Prende la vela

         Tenía una pereza infinita por hablar del tema –pensaba que ya se habría dicho bastante y se diría otro tanto–, pero al final el bombillo no se prendió con otra cuestión y me decidí por escribir acerca del famoso apagón en España y Portugal. Lo hice porque miré con otros ojos a los niños del patio de la escuela de enfrente, porque caí en cuenta de la fragilidad del ser humano ante un percance como este y porque me acordé de una canción del compositor colombiano Lucho Bermúdez, “Prende la vela”.

         Son la doce y treinta. Termino de escribir y voy a la cocina. Enciendo la luz, doy dos pasos y como si por broma alguien la apagara a mis espaldas, la luz se fue. ¡Pum! Comprobé el interruptor una, dos veces, nada; la luz del pasillo, nada. Salí al rellano y me encontré con un vecino que hacía lo mismo. ¿Se te fue la luz? Sí. Aquí también. No hay ascensor… Al cerrar la puerta, me dije, bueno, será por alguna obra cercana. Pero no, siempre avisan con tiempo y el arreglo no demora más de una hora o dos. Pasan los minutos y como no hay WiFi, producto de primerísima necesidad, compruebo con los Datos y nanay. Tampoco hay Internet. ¿Llamadas? tampoco. (Signos de admiración y de interrogación). Menos mal cocino con gas, me llega algo de luz natural y como tengo un transistor minúsculo, lo busqué y lo prendí. Y me enteré. El gobierno daba palos de ciego y la oposición –encendida aunque no hubiera luz– repartía varapalos. Lo demás ya lo sabemos todos. Bueno, saber, saber, pues lo que nos han contado.

         Hubo gente que la pasó mal, sin duda, porque no podía hacer otra cosa que esperar, preguntarse y preguntar qué carajos estaba pasando. En un segundo, quedamos todos desnudos ante la ultra dependencia de la energía eléctrica. En algunos pueblos pequeños de los dos países, la luz se fue un par de horas, en otros no se fue y en otros sí, simplemente porque pasa todos los días. Y otros tantos tuvieron que esperar hasta veinticuatro horas. ¿Y en las grandes ciudades? Pues el desconcierto sin instrumento. Menos mal ya era mediodía y el personal ya había usado la cafetera, el espumador de leche, el microondas, la tostadora, la air fryer, el robot estaba comiendo polvo y el móvil estaba cargado. ¿Las noticias? Se habían escuchado las mismas, nada nuevo, nada emocionante; (Gaza y Ucrania ya aburren. Putin y Trump son aburridísimos). La pípol ya se había secado el pelo, había exprimido las naranjas, había hecho el batido energético, alguien ya habría puesto en marcha al aire acondicionado, porque sí, el calentamiento es un hecho. Y otro tanto había abierto la nevera mil veces (unas a medio llenar, otras medio vacías, otras repletas con cosas pudriéndose al fondo). Y todo el personal, antes de apagar las luces, (más de las que debieran estar encendidas), salió de casa para hacer lo que decreta el siglo veintiuno.

         Y el siglo veintiuno se nos vino encima, muy eléctrico, muy informático, muy cibernético, menos analógico y algo absurdo. Nos creemos tan poco salvajes, que si hubiera pasado la noche entera y algo más sin energía eléctrica, habríamos descubierto lo contrario. La tal canción invita a encender la vela, pero para bailar la cumbia y el mapalé, cosa que no hacían los niños en su recreo eterno. Vi niñas y niños con otros movimientos, jugando, corriendo, empujándose; alegres, ajenos, primitivos, ignorando la gran tragedia, la gran comedia. Sin velas ni tener cómo encenderlas. Para qué.

Comprar miedo

               O mejor, venderlo. A mediados de marzo en un artículo en el N.Y. Times, una periodista daba claves acerca de cómo sobrevivir ante el apocalipsis. Y justo a finales de mes, la Unión Europea decidió alertar a su población sobre la necesidad de hacerse con un kit de emergencia para 72 horas y estar preparados por si suena la alarma. Pues muy bien. Falta aclarar que dicho plan estará listo en su totalidad (en Bruselas como en Palacio, las cosas van despacio) a finales del 2026. Como se ve, la cosa es cuestión de tiempo. Y mientras tanto, qué. ¿Pues consultar a los noruegos y a los suecos que ya han educado a los suyos en estos menesteres? ¿O recordar las enseñanzas de la crisis virulenta del año 20?

            La periodista hizo una especie de cursillo en la selva y su maestro (una especie de Tarzán sigloventiunero) la regañó porque no había llevado una cuchara. Y como en las películas, los estadounidenses (para no decir gringos) siempre tienen plata, la señora no pudo comprar una en medio de la espesura, pero aprendió a hacerla con alguna rama que el héroe le consiguió. Hay que prepararse, no hay duda, que amenazas es lo que hay. Lo que no dicen, porque no debe interesar, es qué puede hacer el resto del mundo. No problem, “el sur” también existe y se acomoda, como siempre. El que tiene menos, aprovecha mejor ese menos. Las crisis se intuyen, ya sean climáticas, de algún virus biológico, informático o influércico, de alguna guerra contagiosa, de invasión extraterrestre, golpe fortuito de meteorito o de elecciones democráticamente amañadas. Sí, la cosa es cuestión de tiempo. El tal kit son las cosas básicas que dictaría el sentido común, pero ya nos lo dirán los expertos (barra as) desde sus despachos desodorizados. Lo que no deberían olvidar es: ¿qué haremos tras pasar esos tres días? Cosas que sí saben y tienen previstas los giga y yotamillonarios, que ya están provistos de búnkeres, túneles, abastecimientos, y en caso extremo, algún ático en la luna. Y para el resto de los mortales ¿qué? Pues quien quiera, puede subirse a la corriente preparacionista y adelantarse al llamado doom bomm, una especie de apogeo de la fatalidad.

            Preparen entonces, papel y lápiz. No mejor, pulgares y teclado. Para esas 72 horas bastaría con: Comida: En esencia, latas. Olvídese del reciclaje. Latas de atún, de fríjoles, de aceitunas; y agua, mucha agua embotellada. El pan del día anterior sirve. ¿Que le gustan las barritas energéticas? Pues compre. ¿Que es vegan?, coja una planta del balcón. Medicinas: Esas que acumulas en los cajones. Vencidas, no importa. Aparejos varios: Armas (aprendamos de una vez de la Great América). Linterna. No vale la del móvil. Una radio. ¿Papá, qué es una radio? Otros I: Documentación básica (los sin papeles, desplazados y refugiados, tranquis). Ropa apropiada; absténgase de las prendas para desfilar. Un libro, aunque pese medio kilo. Otros II: Se sugiere apuntarse como reservista (o desapuntarse), conocer a los vecinos (Mamá, ¿qué es un vecino?), memorizar números de Emergencia y el de una pizzería. Otros III: si la cosa se alarga, podemos imitar a la periodista y tomar cursos de costura, fermentación, defensa personal, técnicas de cultivo, carpintería, sicología de la supervivencia y si se puede, otro en el manejo del astrolabio.

            Y que el aviso nos pille en casa; no hay mejor lugar para sobrevivir, ya lo aprendimos. Eso sí, con un kit por cabeza, con Wi-Fi y sin olvidar rollos y rollos de papel higiénico; eso sí que daría miedo. Del que no venden.

Autogoles

         Inodoro (del verbo ignorar) si a usted le ha pasado que, a estas alturas y bajezas del año, lo prometido –entre el atragantamiento de uvas con o sin pepitas– en la frontera del anterior y de este, ha quedado en la nada o se acerque a ella. Y aunque usted sea o no futbolero-barra-a, sabrá qué es un autogol, un gol en propia puerta (como dicen por estos lados) o un “own goal”, como dicen los ingleses. Y que una goleada es cuando te meten muchos goles o te los metes tú mismo.

         A propósito de goleadas, la mayor en un partido oficial ha sido en el torneo nacional de fútbol en Madagascar en el ya lejano 2002. El partido quedó 149-0. Goleada. Mejor dicho, autogoleada. Y no es que un equipo fuera bueno, rebueno y el otro, malo, malísimo. Resulta que ante un fallo arbitral de lacerantes proporciones, el técnico del equipo desfavorecido ordenó a sus jugadores hacer el mayor número de autogoles posible durante los 90 minutos. Sacaban de centro y se metían un gol. Sacaban de centro y se metían otro, ante el pasmo de rivales y del mismo árbitro. Ni qué decir de la grada, que se la pasaría de júbilo o de grima, según sus preferencias.

         Eso nos pasa, si no a diario, muy a menudo y no solamente a principios de año. En el partido que jugamos todos los días, nos metemos goles. Los relacionados con las dietas, tal vez sean los más naturales y célebres, que de ser publicados serían virales, esa gran aspiración de media humanidad, que espera que la otra media nos admire y hasta se ría de nosotros. Ser viral basta. Algo así como lo que dijo Dalí “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mi…”. Pues están la dieta del garbanzo, la Pritikin o la del ganso. Gol. Los tan apreciados y muy de moda (hay que estar a la moda) “ayunos intermitentes”; los ha de doce, de dieciséis horas sin comer. Otros seres hacen un 5/2 como los cajeros automáticos: comen cinco días y dos no. Otros alternan un día sí uno, no, de la misma manera que hacen el amor, que no ha de confundirse con la dieta de Perucho. Autogol. Está la cetogénica, la DASH, la South Beach (“own goal”), la ¡paleolítica!, la vegana, vegetariana, la pescetariana, la de para todos los gustos y la de camionero. ¿Dónde quedan los expertos que aseguran que hay que comer cinco veces al día y beber seis litros de agua como un caballo barra yegua? Pues jugarán otro partido con otros partidarios y quedarán empatados.

         Otros autogoles de antología son los que se ingieren vía telefonía móvil. Cuánta basura digital, auditiva y visual se engulle por segundo. Daría para alimentar (y explotar de colesterol del malo) los cerebros de todas las personas que han existido desde el confín de los tiempos. Ni qué decir de las religiones, goleadoras insignes, o de las certezas políticas, o del señor don dinero, que nos arroga la potestad de ser superiores al otro, así como quien esgrime un arma. O quienes envían fotos y fotos, con lo que comen, con lo que beben, dis-fru-tan-do con fondos de fantasía, para certificar que son felices. Y sí, son felices. Autogol.

         ¿Será que es tan simple como lo sucedido con el anecdótico partido malgache?, que necesitamos un mal árbitro para autogolearnos a complacencia sin importarnos hacer el ridículo o dárnoslas de dignos. O que queremos ser el árbitro, el equipo que golea y el que recibe y además ser nuestro propio público.

Malcriados

         “Tu destino es vivir como en un teatro donde la audiencia es el mundo entero”, dizque le dijo un consejero a Augusto, fundador del imperio romano y las lindezas de todo orden que esto supuso.

         Damos un salto arbitrario de más de dos mil años y nos encontramos con una imagen: un niño pequeño (también podría ser una niña) repite que quiere esto o lo otro y lo vuelve a repetir y lo vuelve a repetir. ¿Qué es eso? ¿Que la mamá (los pequeños casi siempre van con la mamá) no se doblega o no quiere o no tiene cómo darle eso que pide? Puede ser. Pero si la insistencia muta a pataleta, lloros y alaridos pidiendo un helado, una golosina, un paquete de basura frita, ¿qué es eso? ¿Mala educación? ¿Qué es mala educación? Puede ser una forma de acoso, pero no tanto. Son niños y no controlan sus emociones; es parte de su desarrollo, diría alguien experto. Hay posibilidades de darle fin a esta escena; ignorarle y dejarlo que acabe con sus pulmones y las reservas de líquidos, cosa que se ve muy a menudo, para deleite de la gente que los rodea. Reprenderlo verbalmente y hasta con una nalgada, cosa menos frecuente para regocijo de los asistentes. O que la cosa (el hostigamiento) al final funciona y la mamá cede, le da el teléfono móvil para que se distraiga y tenga el contacto imperioso, ineludible con el mundo. Y asunto zanjado.

         Otra imagen: entro a una red social equis para desinstalarla, porque no me sigue casi nadie, porque no sigo a casi nadie y no me interesan los debates (histéricos cuentan) que ocurren, con la valentía y la razón que te dan el estar tras unas teclas. Otra clase de pataletas. Pero bueno, la imagen (imágenes) que encuentro son estas. Una chica a quien no se le ve la cara sino un torso cubierto por un brasier (sostén, sujetador) negro y el teléfono apuntando hacia el espejo. Se llama Jell (se le ha cambiado el nombre para respetar su intimidad y sus derechos) y al lado de su nombre la acompaña un emoticón de esos redondos y amarillos, que tienen por ojos, dos corazones. Más abajo hay otra, se llama Andry (se ha cambiado el nombre para bla, bla, bla) y acompaña el suyo con el de una fresa. Las dos me “siguen” y supongo, me invitan a seguirlas. Además, anuncian y advierten con letreros como: “Espíritu aventurero busca compañero para encuentros húmedos”, “Advertencia: +18”, “Sólo añade fotos desnudo en mi página (tal), o “Sé audaz”, “Irresistible seductora”. ¿Qué hago? Las puedo ignorar, insultarlas, o tal vez, prometerles unas nalgadas. ¿Quién crio a estas criaturas? No lo sé. Me pregunto: en estos foros o ante las provocaciones ¿cuál es la buena educación? ¿Hay buena educación?

         Todo esto para decir, que a la luz de los adelantos del ser humano y los por venir, ¿quién, perdón, qué artefacto? perdón, ¿qué “cosa” va a educar a la gente que viene naciendo, por ejemplo, con la IA bajo el brazo? No lo sé, pero con el ejemplo de algunos gobernantes que posan de Augustos, de Nerones o Calígulas, ¿qué se puede esperar? Pues que se les tema, se les admire, se les odie o imite. Será que tan sólo son niños que lo quieren todo, que son espíritus aventureros o irresistibles seductores. Pobres, no controlan sus emociones, ni sus billeteras. Es parte de su desarrollo, diría otro. Son actores, pseudodioses con su parcela de adoradores, remedos de emperador en la arena del circo de la Tierra. Sólo unos malcriados.

The End

       Hace un año me congratulaba en este blog de que la gente –sobre todo los jóvenes, adictos a otra clase de pantallas– regresara a los cines en estampida para ver a la muñeca color de rosa y su galán de quijada cuadrada, además de otra película de un fabricante de bombas muy célebre. Pues un año después (es decir, hace 130 años) se sigue haciendo cine para que la gente vaya al cine. ¿Pero a qué cines? Pues a los que tienen butacas mullidas, pop-corn (no palomitas ni crispetas), definición tal y sonido pascual. Y pantallas no tan grandes como “la pantalla grande” como se le decía a los cines de toda la vida, los que van cerrando, uno a uno, fotograma a fotograma, víctimas de su tamaño, del coste de mantenimiento, tecnología y la falta de espectadores regulares entre otras vicisitudes.

       Son otros tiempos, es cierto, pero quienes fuimos fieles cinéfilos (ahora no tanto), vemos con grima cómo estos monstruos de seiscientas, mil localidades, van cayendo como kingkones (perdón por el plural). Caen como el cine Roxy, que cita Serrat en su canción o Juan Marsé en su relato (¡los dos en 1987!) o son reemplazados por tiendas de ropa prêt-à-porter o cadenas de comida poco lenta. Cines que frecuenté hace veinticinco años ya no lo son. Los Icaria, una de las pocas salas, si no las únicas, que tenían versión original subtitulada (nada como escuchar la voz de DeNiro o de la Binoche), o el Alexandra, con sus paredes de yesería, con su gallinero muy chic, donde nadie escupía a los de platea como en Cinema Paradiso. Sigo hacia atrás, y de la Bogotá que me tocó en los 80, han cerrado unos cuantos, como El Palermo, el de mi barrio de estudiante, que recién he visto convertido en billares. ¿Estará Paul Newman por ahí? Y así con los que poblaban la carrera 13 y alrededores como el Metro Riviera o el Lucía, que ya fueron engullidos por comercios. Y si sigo retrocediendo en el tiempo, puedo contar que en mi natal Pamplona de Indias estuvimos sin cine a mediados de los 70, por la facilidad de quedarse en casa con el Betamax, alquilando películas baratas de contrabando.

       Pero no todo es un desastre. Si desando veo que el Teatro Cecilia –colindante con mi casa de adolescencia y que los domingos expulsaba esquirlas y otras salpicaduras hasta mi ventana– ha reabierto hace unos años y aún sobrevive. O el Faenza, cerca de la UJTL donde estudié la carrera, un antiguo edificio de arquitectura ecléctica que de origen albergó una fábrica de loza. Llegó al abandono total, después de una programación igualmente diversa a través de los años: cine, música, zarzuela, opereta, más películas y finalmente el cine X. Confieso que una tarde entré al programa doble, a admirar las lámparas y las voluptuosidades del art déco y art nouveau, entre otras. El recinto, por fortuna, ha sido rescatado de la demolición gracias a la Universidad Central. Ya de regreso, y hace un año también, bajó el telón el Comedia, que después del rasgado de vestiduras habitual, entró en la pugna de las grandes marcas para arrasar los carteles con sus estrellas y cambiarlos por maniquíes, cosa que se logró frenar –ya es un hecho– para destinarlo al Museo Carmen Thyssen. Gracias, baronesa barcelonesa.

       Se seguirá haciendo cine en tanto el ser humano tenga cosas que contarse. Y habrá salas de cine, salvadas para el cine o para fines afines. Y mientras –en esa oscuridad parpadeante y cómplice– haya besos por prodigar, no habrá final. The End.

Black Espuma

       Si la culpa de algo se la queremos echar a algo, pues ese algo podría ser el presidente, el cambio climático, la religión, el comunismo, el capitalismo, los gringos, los rusos, los chinos. O la carestía, la inflación, la deflación o alguna celebración. Inculpemos pues, a la última de estas causalidades (caprichosas, como las casualidades) para decir que el último viernes del mes pasado fue el promotor del beneficio de unos pocos, y los muchos que creen beneficiarse, no son más que víctimas de las burbujas de los primeros, o las de ellos mismos. Y mismas.

       El “dichoso” Black Friday, como dirían los mayores, endosando el adjetivo en su acepción negativa. El dichoso rock, la dichosa minifalda, el dichoso cigarrillo, el dichoso móvil, el dichoso piercing. Pues la dicha de este bienaventurado viernes está ligada, según algunas fuentes, al Día de Acción de Gracias, el Thanksgiving Day, que se celebra en U.S.A. y pocos países más. Día (o noche) que se festeja según remotas ceremonias que tenían que ver con la ventura de las cosechas en Inglaterra y sus reinos. Dicha noche en la que viven su última jornada millones de pavos feliz y ambiciosamente horneados y hormonados, ungidos con salsa de arándonos tan rojos como la sangre. Se cuenta que fue Abraham Lincoln quien instituyó la fecha el último jueves de noviembre, luego Roosevelt (por razones comerciales ligadas a las compras de Navidad) lo trasladó al cuarto jueves y así –después de ser refrendado por el Congreso– hasta el presente.

       Hay días “negros” asociados a los días de la semana o a meses concretos, fruto de conflictos políticos, sociales o catástrofes financieras. Pero el día en cuestión, se le atribuye a que en los años 50 del siglo pasado, en Filadelfia, y dado que en Pensilvania la ropa y el calzado no tienen impuestos, un viernes después de Acción de Gracias, la policía la vio negra ante la avalancha de compradores y espectadores a un evento deportivo de fútbol americano. La ciudad colapsó y el aciago viernes se convirtió en good black para los comerciantes con escrúpulos o sin ellos, y para los compradores con dinero o sin él. Y así va la cosa (por ejemplo, con navidades desde octubre en Venezuela), el Black November es un hecho, con letreros, correos-e y webs desde mediados del mes. ¡Adelanto Exclusivo en la App!, ¡Todo al 50%!, ¡Últimas horas hasta el 80%!

       ¡Abajo el comunismo! ¡Viva el consumismo! Y yo no podía quedarme atrás. El pasado viernes 29 de noviembre salí de casa a las cuatro de la tarde. Había huelga de buses urbanos en Barcelona (divendres negre) y vi seres humanos muy anchos a causa de bolsas y bolsas a los lados, como las mulas de carga; felices, dichosos, ¡It’s Black Friday! No iba a comprar nada, sólo a reunirme con alguien que no me dejó pagar el té. Después me reuní con mi cómplice y fuimos a tomar una cerveza a un pub irlandés, pero antes ella compró una miniatura en un mercadillo navideño. ¡Sí! ya había empezado la Navidad, la noche anterior con el encendido de las luces. Así va la vaina, tal parece que nos anticipamos a todo, todo llega antes, todo vale menos o eso creemos. Siempre me he preguntado: si un pantalón que costaba tanto, ahora, el dadivoso empresario nos lo clava a la mitad y aún gana, ¡porque gana! ¿Tiene que sacar tanto rendimiento si puede venderlo por menos? Iluso, estará pensando alguien. En fin, que aquel viernes pagué dos cervezas sin descuento. La mía fue una Guinness. Negra, muy negra.

¡Guau o Wow!

       El primer perro que conocí era un setter o algo así. Un perro sabueso al que nunca vi faenar en las cacerías de papá y sus colegas, por allá en los años 70, que, por decirlo de alguna manera, era una caza responsable. Tengo una vaga imagen real de Ronco, que se confunde más con lo que escuché que por lo que vi. Para ser preciso, ese recuerdo se remonta a las fotos de familia, aunque él no pertenecía como pertenecen ahora los canes a las familias. "Perdón, di peludito". Era un perro que trabajaba en lo que sabía y recibía su recompensa. Y cuando no trabajaba se comía los zapatos de mi mamá, mordisqueaba los trompos de sus hijos, bajaba las sábanas de las cuerdas y se comía un galón de mazamorra con hueso al día. Y bueno, supongo que la señora de la casa soltaría el: o el perro o yo. Resultado, extradición a un campo lejano y caliente, donde aguardaría, en semi libertad, a su amo para las próximas capturas. Al cabo del tiempo, de aquellos parajes tórridos llegó la noticia de que Ronco había muerto. Y supongo, fue enterrado en algún rincón de aquella finca. “Uich, ¿no tienen las cenizas en casa?”

         Otros perros que sí vi eran los que vagaban por la casa de mercado de Pamplona, una edificación que fue convento, colegio, cuartel y cárcel. (Lo de cárcel es por las tres anteriores). Entrabas al mercado, una suerte de laberinto con múltiples salidas y entradas por donde iban orondos perros criollos, llamados gozques, husmeando por los rincones, encajando escobazos o insultos, buscando mendrugos, recibiendo un trozo de pan duro de cualquier dueña de puesto, en una libertad deliciosa y no exenta de riesgos. "Ñoñi, te he dicho mil veces que no comas cosas de la calle". O los veía en gavilla (lo comprobé hace unos días) por las calles detrás de una hembra en celo y -a veces- observaba cómo los amantes quedaban enganchados como dos vagones de tren en sentido contrario. Perros y perras orinando esquinas, peleándose con otros, mordiendo a alguien en respuesta a una agresión o porque portaban la rabia. Perros y perras en libertad, aceptando la aventura de la vida con todo lo que ella pone y quita. Seres sin cuenco para el agua y sin comida en balance, sin chip ni collar, ni guardería; canis lupus fmiliaris sin ley, andariegos y durmiendo quiensabedónde. "Ven Gordis, acuéstate con mamá".

         Pero esto es el pasado. Y lo pasado, futuro ya fue. Hoy, se calcula que en el mundo hay cerca de 250 millones de perros-mascota y 750 millones en total, lo que nos dice que hay un 75% de canes errantes. Y digo mascotas o animales de compañía, para no decir semihijos o parejas de hecho. Muchos de ellos encerrados todo el día esperando a sus amos y amas para mitigar sus carencias (las humanas) y anhelando ser tratados -o no- como un animal que siente, necesita, da y no quiere escuchar decir: "querida, es que sólo le falta hablar". También hay que decir, que estos animales también son la única compañía de gente mayor y que ahora -en España, por ejemplo- está prohibido dejarlos atados a las puertas del supermercado o la panadería, bajo amenaza legal de ser acusados de abandono, cuando el abandonado suele ser el mismo propietario.

         Pípol, la humanización de los animales está aquí. Me pregunto si en un tiempo estos seres nos mirarán como tontos, nos tratarán como a bebés, creerán que somos perritos. ¿Habrá perrerías human friendly? ¡Guau! ¡Arf! ¡Grrrrrrr!