Una de esas cosas

         La máquina me la robé. Así, clarito. Es una Olympia 69, roja, pesa unos cinco kilos y según dice la placa metálica en su parte trasera, fue fabricada en Western Germany, porque así se llamaba aquel país extinto. Y fue comprada en la República de Venezuela, cuando se llamaba así aquel país inextinguible. La máquina fue durante un tiempo (el tiempo de las cosas) el elemento comunal para que en casa se escribiera la correspondencia del señor de la casa, tecleada por la señora de la casa y más tarde, para que los retoños de la casa aprendieran a “escribir a máquina” en el bachillerato.

         Los objetos. En su libro Las cosas, el escritor francés George Perec, entre otras vainas, habla de la subyugación que tenemos ante ellas, las posesiones, esas cosas que nos rodean o que ansiamos, como por ejemplo los adornos; necesitamos mesas, mesillas, anaqueles, vitrinas para ellos. Un jarrón equis, la vajilla de la abuela, intocables. Un objeto de diseño, carísimo. Otro artesanal, étnico, con contenido. Un trofeo de cuando… Y si coleccionamos algo, pues a seguir acumulando. Las paredes también tienen algo que decir; esas murallas que nos separan y guardan de los demás, mientras los demás se guardan de nosotros. Usamos clavos para colgar en ellas cuadros, fotos, platos decorativos y cuanta cosa. Y si guardamos algo por si algún día nos sirviera para…, pues a seguir acumulando; bolsas, bolsitas, una tuerca, una entrada al concierto de…, un cable, una moneda de cinco francos, este arete que me encontré. Esas cosas importantes que si nos descuidamos, nos pueden llevar hacia la diogenización.

         Volviendo al libro citado, la pareja protagonista, que vive en los años sesenta y tiene un apartamento de 35 metros cuadrados. Los dos figuran tener cosas, pero no cualesquiera. Desean cosas valiosas que nunca podrán tener. Persiguen un estatus que sus empleos precarios no pueden pagar. Quisieran acumular, pero sólo suman aspiraciones. Una apetencia similar tuvo aquel postadolescente, que, viendo que la camada mayor se fue de casa, que llegó una máquina nueva y “la roja” fue cayendo a un rincón, pues la rescató del olvido o de la basura, pues no había ventas online, ni siquiera un “online” en el horizonte. Y cuando se largó –porque hay que largarse– pues la llevó consigo. Se la birló. No la ambicionó de aquella manera, porque la tenía a mano y era gratis. ¿Cuándo se sustrae –sin permiso– algo de la casa primigenia, una cosa que nadie mira, es un derecho atribuido? A ver, hay que justificarse, porque los ladrones de máquinas de escribir lo necesitamos. Pues sí. Pues no. Y no sólo me la llevé, sino que la puse al servicio de mis estudios, de los primeros poemas y más tarde en el primer trabajo, porque el empleador no tenía de eso para “el nuevo” y los pocos computadores (esos de letras color lechuga fosforescente) eran para los genios.

         Todo esto, para decir que la Olympia 69 volvió a caer en el olvido como era de esperarse. Las cosas. Habré cambiado de ordenador unas cuantas veces, pero ella seguía ahí, como un objeto de culto (o de bulto). Me miraba y la muy bermeja, la muy coqueta me lo pidió. La llevé a limpiar, a engrasar y a hacerle ortodoncia a sus teclas. Lo hizo un señor mayor, sitiado por máquinas hermosas, tal vez a la espera de un nostálgico que quiera una para atesorar o para enseñársela a un nieto quinceañero y retarlo: ¿sabes qué es esto? O para ponerla en lugar notorio y cualquier día descubrir que se la han robado.