Leyendo el Informe Planeta Vivo 2026 que publica el WWF (el de la figurita del panda), encuentro que –por ejemplo– entre 1970 y 2022, el tamaño de la población de vertebrados ha “menguado una media del 73%”. O que, el ritmo de extinción de especies es cien veces mayor que “en épocas anteriores a la humanidad”. No leí mucho más, pero esa escueta ojeada coincidió con la revisión de un capítulo del libro autobiográfico en el que estoy, (dudo vea la luz), y que pretende instalarse en la novedad longeva de la escritura autorreferencial, autobiográfica; el llamado pacto autobiográfico y otros términos que no se extinguen, sino que pululan. Estaba transcribiendo una grabación sobre la fauna que rondaba la casa donde viví mis primeros doce años. El tema: la aniquilación de unos bichitos que poblaban (y pueblan) las cabezas infantiles, una vez se empieza el año escolar: los piojos. Y piojas, por aquello de la igualdad de apetito por la sangre craneal de los niños y las niñas. Más o menos, la cosa es así:
“…A medida que a los hijos de la pareja les llegaba la hora de asistir a clase para aprender las vocales, las consonantes y escribirlas como garrapatas, también les llegaba el momento de regresar a casa con un hato de piojos, insectos sin alas que mastican caspa y chupan hemoglobina como sus primas las pulgas, pero especializados en cabezas infantiles. Entonces mamá, la exterminadora, sacaba un arsenal consistente en una botella de alcohol antiséptico de etiqueta verde con una cruz blanca y ribetes rojos. Apunten: C₂H₅OH, toalla vieja y un peine especial con las púas muy juntas. Primer paso: echar un chorro de alcohol en la mollera del infante y masajear con los dedos. Arde, escuece, parece que tu cuero cabelludo sube diez grados centígrados. No importa, más arden las picaduras de los invasores y sus corazas blanquecinas. Segundo: enrollar en la cabeza ese trozo de algodón absorbente, rectangular y peludo que se usa para secar el cuerpo. Parecíamos un maharajá con turbante pobretón mientras el proceso alcohólico concluía. Tercero: quitar la toalla y comprobar los caídos. Cuatro: coger el peine especial de púas muy juntas, peinar desde la coronilla hacia la periferia y ver salir enredados a los últimos borrachitos del jolgorio obligatorio. Último: rematar los groguis, aplastarlos con las uñas o rescatar algún sobreviviente y darle una segunda oportunidad sobre las praderas de algún chino fastidioso del colegio”.
El maltratado reino animal. El ser humano, en su crueldad infantil (sorry piojos, pulgas, moscas) no hace más que arrinconar y exterminar a cientos, miles de especies. Con sus fieras metálicas y mecánicas arrasa bosques, con sus bestias perforadoras, intoxica las aguas, con sus alimañas flotantes desaloja los mares. El tal Informe intenta ser esperanzador, pero no lo soy. No sirvo para activista ni para defensor de la justicia con máscara y capa, pero sí siento un escalofrío cuando me entero de esas cifras y algunas predicciones desoladoras. Tenemos la palabra, que de algo ha de servir. El influjo de la palabra… Como dije antes, grabo. Antes llevaba libreta y tal, pero a veces al querer pasar a limpio los apuntes (garrapatas), pues no entendía ni pio ni mu. Con el teléfono es más ágil. Si vas por la calle y te aterriza una idea (esas señoras escondidas a simple vista), una imagen, una palabra huérfana, pones voz de locutor y las cazas, las acorralas como animalitos. Ignoro si quieren que les lleves a casa, les pongas un collar, las domestiques, les des un trato justo y te creas que estás salvando el mundo.