Tourist go home II

         “A ver, jóvenes, hoy vamos a redactar ‘Mis vacaciones’. Describan a dónde fueron, qué conocieron; esas cosas…”. Algo así decía en febrero la profesora de Español, al iniciar todos los años, el nuevo año escolar. Y uno mordía el lapicero y pensaba, recordaba. Lo que no tenía en cuenta la tícher, era que más de la mitad de los alumnos no podía darse esos lujos, si es que ir de vacaciones significa salir del lugar donde se vive. Digamos, para disculparla, que estaba estimulando el don de la ficción entre sus pupilos. Uno de esos jóvenes, cincuenta y tantos años después, con otro bagaje y algo de “vagaje”, podría escribir no dónde estuvo ni qué comió, sino qué personas observó. Podría decir que al salir de casa, ve un señor husmeando en un contenedor, en ese tour de esquina en esquina, buscando algo que no le sirve a cierta gente y que para él puede ser un tesoro.

         El primer trayecto del viaje del joven y sus acompañantes va a ser en autobús. Sí, en bus, como cuando iba a estudiar a la capital. En esa época era porque no daba para avión y ahora porque la decisión fue evadir los aeropuertos. Terminal de buses, otro aire, otra gente. Bueno, la misma pero las personas que viajan en bus saben que los asientos no son peores que en los aviones, pero asumen –en este caso– que un viaje nocturno de siete horas no es tan pesado como se suele pensar, hay cupo suficiente para las maletas, enchufe para cargar el teléfono, climatización, baño… Una maravilla, más si el señor piloto se detiene en un parador para tomar café o tomar el aire, cosa que no se puede hacer en las nubes, puede argüir el pasajero terrestre.

         Si se sale de una ciudad tumultuosa y visitada para ir a otra ciudad tumultuosa y visitada, pues el panorama no cambia mucho. Otras edificaciones, otros sitios emblemáticos, otro menú, otros meseros, otras camareras. Pero el personal más o menos es el mismo, con su galimatías plurilingüe. Se advierte –un clásico– a una chica subida en un bolardo con un brazo arriba y sus dedos índice y pulgar bien unidos; pretende sostener la aguja de una catedral, o quebrarle la cruz o alzarla en una ilusión óptica excepcional, que su amigo y su móvil logra captar después de subir, bajar, acomodarse, dar instrucciones, flexionar, en una coreografía que cualquier turista despistado podría dejarle unas monedas.

         Trenes, automóvil de alquiler, carretera, y treinta y ocho iglesias después, por fin, la playa. La infaltable playa. Carnes al asador. Se ve una señora en la frontera de los años, muy rubia (Superaclarante Natural 12.0); ha decidido hacerse un vídeo (¿o transmitiría en directo?) bailando una música que no es de su época, pero ella está al día. Pone su trípode, se calza un sombrero tejano, sale del parasol y el sol, el infaltable astro, rebota sus rayos en el bikini dorado, que enaltece sus pechos inciertos pero erectos y permea su celulitis ineludible. Y claro, detrás de unas gafas oscuras están los machos remachos (¡hay que denunciarlos por acoso visual!) que simulan mirar el horizonte marino, mientras piensan lo que piensan. Y bañistas para allá y para acá, semidesnudos, cosa que con el mismo calor no harían por la acera…

         “Señorita, se me fue el tiempo, sólo pude hacer esto, es que…” podría exponer el alumno, mientras se dice que sí, que hay que salir, viajar, descansar (¡desconectar jamás!), que las vacaciones nos son más que un huir hacia el mismo sitio, vestidos de otra cosa.