A veces pasan amigos o conocidos por Barcelona y la pregunta recurrente es por qué decidí (mos) vivir por estos lados y si estoy (tamos) contentos, si voy (amos) a regresar a Colombia y tal. Y como un disco rayado respondo (dejo el plural) más o menos lo mismo, según pasan los años. Y para no reproducir lo que suelo decir, decidí preguntarme. ¿Y por qué viene la gente a Barcelona? Pues, además de ver las ocurrencias arquitectónicas del señor Gaudí, del refrito de la cocina de autor y sacarse una autofoto (léase selfie) con una figura de cartón del mejor futbolista de la Vía Láctea, por algunas cosas más.
“Para gustos los colores”, dicen por acá, pero lo cierto es que el año que acaba de terminar se esperaba recibir unos 16 millones de personas entre turistas y visitantes. Si tomamos en cuenta de que en Barcelona ciudad, hay algo más de 1 millón setecientas mil personas (y muchísimos perros y gatos) me da por pensar vainas, como por ejemplo: si me encuentro con diez turistas y a éstos se les ocurre invitarme una cerveza, pues cada uno pagaría más o menos 25 céntimos para cubrir mi caña. Si fuera al revés, la cuenta me saldría por 25€, más la propia, pues siempre tengo sed.
Más o menos diez turistas por cabeza, esa es la desproporción. Es como si a la jaula de los periquitos de la abuela le metiéramos parejas de gorriones, vencejos, tórtolas, urracas y algún polluelo de cigüeña. ¿Hay alguna ciudad que aguante esas cifras? Son abultadas y la gente local, pues no exagera cuando dice que está hasta el gorro con tanto viajero, al punto de que muchos nativos y no nativos pero residentes, han dejado de frecuentar el centro y los puntos álgidos de la ciudad. Alguna vez le pregunté a una amiga que cuándo había ido a la Sagrada Familia por última vez. Ella –que rondaba los cuarenta– fue de visita cuando cursaba el último año de primaria. Ya cerraron la nave y están empezando las torres de los evangelistas, le dije. Deberías volver. Ni loca.
Sí, la gente huye de su propia ciudad, de sus playas, de su patrimonio, porque hay mucho pájaro que canta raro y ocupa mucho espacio. Eso ya pasa con varias urbes atractivas: París (bordea los 50), Cartagena de Indias (entre 6 y 7 millones), Venecia (30). Cabría preguntarse: cuando salimos de viaje, ¿acaso no nos convertimos en turistas repudiados? Gente, que repudiada o no, deja dólares, muchos euros, muchísimos yenes, y si uno no hace parte de ese pastel, pues se queja. El pastel de los hoteles, los pisos turísticos, los restaurantes, los bares, las entradas a sitios obligados, a conciertos, festivales; las compras, el transporte y la caña dadivosa para algún sediento. Y como visitar la ciudad no basta, pues muchos vienen para quedarse. Ya hay una cuarta parte de extranjeros que puebla las calles y las viviendas. Y éstas cada vez más caras, con nómadas digitales pagando lo que les pidan y fondos de inversión comprando edificios enteros y echando a los vecinos. Más o menos eso sería lo que digo cuando alguien viene de visita y pregunta.
Hace treinta años, fui (mos) parte de los casi tres millones de turistas que deambuló por esta ciudad. Muchísimos menos que hoy, con mapas de papel, sin redes sociales ni ágiles pulgares. Era la misma BCN, pero otra. La misma señora ciudad de los condes, ahora con algunos maquillajes, ciertos ajustes por aquí, otros retoques por allá. Muriendo de éxito, fracasando de satisfacción.