La Tierra estornuda

         Le robo esta imagen a un amigo escritor. Y podría agregar, que el planeta también se suena porque tiene pañuelo. A la Tierra se le ataca desde que a ciertos humanos les dio por dejar de ser andariegos. El nomadismo pasó de moda hace unos doce mil años, en pleno Neolítico, tiempos mejores, sin duda. Eso de hacer un cambuche cada tanto (una vivienda precaria en palabras de hoy), era más que fastidioso. Coger unos cartones, unas latas unos plásticos… Perdón, de esa bazofia aún no había. Eso de cazar aquí, un conejo, un oso; o pescar más allá, unas truchas, unas carpas, qué pereza. Hurgar en la tierra, subirse a los árboles sin haber inventado la escalera o el montacargas; ¿tener que andar medio año y dos estaciones para encontrar un tomate? Para eso está el súper. Despacio, todavía falta mucho, le diría alguien superior a ese humano necio.

         A la Tierra se le agrede desde que al hombre (y echémosle la culpa también a la mujer, You-Too) se le ocurrió domesticar las papas y el maíz, desde que descubrió el cordel y trazó hileras para plantar semillas, esas que cagaban los pájaros y brotaban frutales. Se le violenta desde que le dio por encerrar unas aves que ponían huevos y aspiraban, en un futuro muuuuuy lejano, a ser hacinadas en galpones, sin tener que caminar por los prados. “¡Qué pereza!, si hay un ser con patas de caucho y alas sin plumas que me echa corn flakes cada mañana, ¿para qué quiero gusanos?” (declaración de una gallina activista).

         Desde que alguien bautizó este período como Holoceno, cuando la fauna de dinosaurios se fue al carajo (que queda más lejos que el quinto pino), y el clima fue más cálido, al humano le dio por civilizarse y empezar a batir récords. Cultivar, cebar, formar una familia. “Oye, fundemos un barrio; qué digo, constituyamos un poblado. Tumbemos estos doscientos árboles, tracemos unos límites. Qué tal una bandera, una enseña identitaria. Hay que diferenciarse de los del frente y en unos seis mil años, fundiremos unas hachas y los atacamos”. (declaración de intenciones).

         Y como la humanidad va muy rápido, dizque ahora estamos en el Antropoceno, que según algunos inició con la Revolución Industrial a mediados del siglo xviii y otros le echan el agua sucia a la llamada Gran Aceleración, una centuria después. La creación –entre otras maravillas– de las bombas atómicas, los plásticos, el hormigón, las tostadoras, el efecto de la superpoblación y en general por el impacto humano sobre el planeta ha alterado sus pulmones. Eso, humo, mucho humo, porque oxígeno sobra, como la caspa. De ahí tanto estornudo terráqueo, que algún bautizador experto nombrará borrascas, tornados, tifones y huracanes con nombres muy humanos. “¿Qué la próxima guerra mundial será por el agua?, ¡qué va!, lluvias, inundaciones y tormentas es lo que hay y sobrará. La próxima guerrita será para elegir un mandatario universal”. (¿declaración de un activista gallina?).

         Sí, el planeta se resiente. Y reacciona, como cualquier ser vivo. Si no, pregúntele a cualquier HomoSapiensIA. La Tierra se defiende, se autodefiende; tiene sus propias alcantarillas. Las selvas, los bosques, los océanos, los suelos absorben parte de la porquería que le tiramos a diario, pero también se despeluca. Sí, desde que al ser humano, con su PN (PrepotenciaNatural) le dio por creer que el planeta estaba al servicio de sus extravagancias, la Madre Tierra que nos parió se está preparando y cualquier día, más que estornudar, toserá, trasbocará, peerá y aquellos bípedos listos no serán más que restos hallados por un nómada digital-38G, que estaba de “finde” en plutón.