Hace un buen tiempo, cualquier tarde en que iba en un bus capitalino, se subió un niño. Tenía el pelo desordenado. Llevaba unos pantalones de un color incierto y un buzo de lana que sin duda había tenido un pasado mejor. Un niño que pedía. Que pedía para comer. El bus iba medio vacío y yo estaba en el último puesto del bus, el de los músicos. El niño atravesó el pasillo poniendo la mano a manera de cuenco, como si estuviera ante una fuente de agua. Su cara y su verbo eran los apropiados para que los bolsillos y los corazones le dieran algo. Nadie le dio. Excepto yo, que en un gesto nuevo saqué unos cuantos centavos (¡había centavos!).
Entonces la profusión de las ONG estaba empezando y el cubrimiento para diferentes causas se hizo moda. Otra manera de ayudar, al margen de los gobiernos o de comunidades religiosas y otras organizaciones. La verdad no estaba muy al tanto del asunto, tenía dieciocho años y me estrenaba como estudiante en Bogotá, y el hecho de dar, fue una novedad para mí. En la Pamplona natal, a quienes veía pedir eran personas mayores, ciegas o simplemente, pobres, repobres. Y algún niño también. Un acto novedoso porque allí no había buses urbanos y uno creía que quienes debían dar eran las señoras, los señores, además de que no iba muy líquido que digamos. A esas personas se les llamaba limosneros, mendigos, pedigüeños y sí, las personas les daban, sobre todo a quienes se parqueaban en los atrios de las iglesias. Buen lugar para recibir la limosna, tan asociada a la religión, a esos conceptos de caridad, compasión, misericordia. Visito a la señora RAE (con sus inconsistencias y reticencias) y veo que limosna, como no podía ser de otra manera, viene del griego y del latín tardío y hasta de una deformación del árabe. Voy un poco más allá y me encuentro con que en España “limosnero” es la persona que da, no como en América, que es la que recibe.
Volviendo al bus, el niño limosnero llegó a mi puesto, puso la mano y le di mi contribución. Ni lo sabía, pero me acababa de convertir en limosnero, según el diccionario. Pero al mismo tiempo renuncié a serlo cuando el niño miró el donativo y en una acción inesperada tiró las monedas al suelo metálico del bus que acababa de detenerse. Se bajó, se fue. Nunca volví a dar limosna o como se llame esa actitud solidaria, desprendida, compasiva, generosa. Conservo ese recuerdo y de vez en cuando aparece, sobre todo al ver pedigüeños profesionales que veo en las esquinas, a las puertas de los hospitales, de las iglesias. Lo son porque lo he comprobado, y lo peor es que, lo que recogen va a un jefe/jefa que dudo si lo repartirá con equidad.
Toda esta historieta es para apuntar, que sí, que ayudar está muy bien y de hecho lo he realizado donativos con mis hijos (que son mejores personas). Dan los gobiernos y cientos de organizaciones. Pero, ¿sí llegan esas ayudas de verdad? Alimentos, mantas, agua, tanta cosa necesaria… Seguro que sí, dirán los responsables. Yo también quisiera creerlo, que llega a un buen destino. Pero mi condición de “dudador” profesional se hizo patente cuando hace muy poco, una señora ucraniana nos cuidó el perro por unos días. Hablando cosas de su país con ella, me mostró la foto enviada por una hermana suya desde un supermercado de Donetsk. Era la imagen de un paquete de galletas que decía: “Ayuda Humanitaria – Gobierno de España”.