Curso lento de idiomas II

         El idioma español es utilizado por casi 550 millones de personas en todo el mundo, entre hablantes nativos, quienes lo han aprendido, los que lo chapurrean y los cerca de 30 millones que lo están estudiando en países no hispanos. Después del chino mandarín es la segunda lengua nativa en cantidad superando al todopoderoso inglés, aunque la nuestra sea lengua oficial en menos países que el English que lo es en 59 estados. Pero eso son sólo numeritos. ¿Pero qué clase de español hablamos? (Se aclara que en España las lenguas oficiales son el castellano, el euskera, el catalán, el gallego y el valenciano, entre otras variantes geográficas). Repeat please. Entonces así: ¿Cuál es la calidad del castellano que hablamos, escuchamos, escribimos y leemos? Para empezar habría que decir que el diccionario de la señora RAE en su 23ª edición (2014) publicó 220.000 acepciones dentro de las que se encuentran 19 mil americanismos y sepultó cerca de 1500 palabrejas. Ya están preparando la versión número 24, que costará más de los ciento y pico de dólares actuales y pesará más o menos cuatro kilos. Eso daría para unas cuatro docenas de cervezas y una charla larga, de esas que depuran el lenguaje y lo enriquecen. Pero esos son sólo numeritos, “numeritos”. También se cuenta que una persona de educación promedio suele tener en el coco unas 20000 palabras activas y el doble de pasivas, o sea que las sabe, las ha escuchado o leído alguna vez, pero que poco o nunca utiliza.

         Lo cierto es que —así seamos unas lumbreras o hablemos hasta por los codos— no llegamos a utilizar ni a la cuarta parte de los vocablos del idioma obligatorio. Bueno y como también en el DRAE se han introducido 2557 Novedades pues acerquémonos a algunas de ellas, con la acostumbrada metida de cuchara.

Amusia. Incapacidad de reconocer o reproducir tonos o ritmos musicales. Especialmente los generados por el rap, trap, reguetón y otras disonancias.

Biocida.Que destruye seres vivos, particularmente los perjudiciales para el ser humano. O, término auto-atribuido por algunas fuerzas estatales.

Cubicaje. Acción y efecto de cubicar. Clarísimo.

Postureo. Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción. Exclusivo para nativos españoles. El resto de hispanohablantes sólo se jactan.

Buenismo. Actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia. Talante aplicado a algunos jefes de gobierno enajenados.

Táper. Recipiente de plástico con cierre hermético que se usa para guardar o llevar alimentos. Si no cierra bien, debe llamársele túper.

sexo. m. [...] ‖ sexo débil. m. [Enmienda de acepción de forma compleja]. Conjunto de las mujeres. U. con intención despect. o discriminatoria. … ‖ sexo fuerte. m. [Enmienda de acepción de forma compleja]. Conjunto de los varones. U. en sent. irón. (Se reproduce tal cual. En caso de duda, consúltese cubicar).

Clic. Onomatopeya para reproducir ciertos sonidos, como el que se produce al apretar el gatillo de un arma, pulsar un interruptor, etc. Ejemplo: pelotooooón, ¡clic!

Refajo. Cuba. Prenda de vestir interior de mujer, que tiene tirantes y llega hasta la altura de la falda. En Col. bebida alcohólica (cerveza+gaseosa colorada) que puede incitar a quitarla.

Posverdad. Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Véanse Biocida, Buenismo.

Porro. Además de puerro, música y canto originarios de la costa norte de Colombia con influencia de los ritmos africanos o baile que se ejecuta a su compás. También se puede bailar sin fumárselo.

Entre paréntesis

         Una vocecita me ha estado diciendo que escriba acerca de otras cosas, que deje a un lado temas tan fútiles, tan laxos. Salvo la primera columna que trataba del éxodo venezolano, las demás, en su mayoría (o casi) elude la realidad real. Y se ha hecho adrede pues basta consultar cualquier medio para atragantarse con el tema de turno. Todos, los especialistas de todos los bandos pontifican sin solideo con arengas o sesudas disertaciones que se vuelven virales (quiero ser viral como el SARS-CoV-2). Ni hablar de los ajusticiamientos vía redes. Cuánta virulencia. Cuánta ponzoña. Entonces, ¿para qué echarle azúcar a la miel?

         Pero si le hago caso a esa señal, si quisiera sumarme a la ristra de gurús tal vez diría (desde la comodidad del exilio voluntario) algunas cosas. Parto con el recuerdo de una calcomanía disuasoria que exhibían en sus vitrinas algunos comercios pequeños: “Hoy no fío, mañana sí”. Diría que si cada quien se esculca y se mira en la foto diaria que nos toma el espejo y piensa: hoy no me aprovecho del otro, hoy no me cuelo en la fila, hoy no pago favores, hoy no prevarico, hoy no gobierno peor, hoy no empeoro como opositor, hoy no tuiteo tonterías, hoy no reenvío cortedades, hoy no panfleteo. En resumen: hoy no la cago, mañana sí. Con esos y otros “Hoy no esto, mañana sí”, tal vez las cosas cambiarían sin darnos mucha cuenta. (Iluso).

         Hablando de panfletos, éste (que no difama) se lee en distintas latitudes del orbe (no muchas) y no creo despistar si digo que estoy hablando de Colombia, la tan de moda, la tan mediática. No descoloco si digo que en Locombia, my Colombia tricolor (la de los narcos de perfil bajo, la de algunos políticos (bastantes) más bajos aún, la de ciclistas héroes, la de guerrilleros y militares fracasados, muy resilientes y tal, todos (no tantos); la de reguetoneros multimillonarios, la de mucha gente (demasiada) multiempobrecida, esa Colombia que se sacude y acude, que se insulta y se catapulta, que se empacha y emborracha, esa, ojalá, abra los ochenta y muchos millones de ojos y haga provechosa esta barahúnda desde todas las esquinas del apeirógono nacional. (Busquen la palabrita, la acabo de aprender; mejor lo digo, para que no me abandonen: es un polígono con infinito número de lados. Complicadísimo). Retomo el asunto: ojalá todas las Colombias (la atrincherada en sus blasones, la ahorcada con camándula, la adiestrada como borregos, la aborregada por diestros, la que se asusta con los daños pero no hace nada, la que hace daños y asusta, la que asusta y hace daño) se sirvan (repito) de esta encrucijada para abrir otra vía, elegir otro carril. (Dreamer).

         La ley es la ley, pero lo justo es mejor. La rabia es la rabia, pero lo sensato es mejor. El espejo es el espejo, pero roto es peor. Dirá usted. ¿Y este? ¿Se moja o no se moja? Lo que pasa es que soy hiperhidrofóbico. ¿Gira a la derecha o toma por la izquierda? Es que soy centroextremista. ¿Que qué propongo? Ya propuse. (Pero no mucho). Es que cuando medio país cacarea la paz y el otro medio la bombardea, desaparezco, cuando medio país está muy mal, re-mal, enmudezco, cuando el país entero es Patria Boba, padezco. No sé si prefiero escurrir la lágrima o inflar la yugular, si poner cara de peluche o dejar salir el monstruo que todos alojamos. (Ninguna de las anteriores). Prefiero escribir columnas blandas, adolescentes, invertebradas, que alcancen una sonrisa transparente, un agravio indiferente. Prefiero eso entre paréntesis (muy entre paréntesis).

 

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Sueño con bocas

         “No nos conoceremos, distantes uno de otro / Sentirás mis suspiros y te oiré suspirar. / ¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?” (…) escribió Alfonsina Storni en su poema “Un día”.

         Un día, hace muy poco mudé de barrio. Y cambiaron las personas. La cajera del supermercado es india y veo su bindi en todo el centro de su frente como una diana roja. La chica de la panadería —latinoamericana de alguna parte— me sonríe con sus cejas como gusanos negros. La dueña del bazar chino —china— me cobra hablando con sus ojos en un español correcto a pesar de ser castellanomandarín. Y el ferretero lo hizo en un catalán del interior, dándome un par de consejos para instalar una hamaca que aún no tengo. Y los vecinos y vecinas —los que saludan al nuevo— lo hacen igual que todos, enmascarados, con la voz entrapada y el aliento turbio. No les conozco la boca aún; no sé si la tuercen al verme, si se pasan la lengua por el labio antes del “hola”; ignoro si les falta un canino, si llevan mostacho o carmín. Las de casa no cuentan y son las que nos recuerdan cómo son. De la nariz ni hablar. O sí. Las intuyo por la tirantez de la máscara, por el doblez de las orejas, dependiendo si el tipo de protección es FFP1, FFP2, FFP3, P1, P2, P3, EPI, si van adornadas con flores, mariposas, rayas, lunares, llevan la lengua de los Stones o las fauces de Marilyn.

         No es que extrañe en particular a los habitantes del anterior vecindario, pero al haberlos conocido enteros de mueca y sonrisa, de labia y silencio, y luego verlos cubiertos no significó gran cambio. Aunque no lo hagamos conscientes, a quienes conociste “antes de”, como que los sigues viendo completos con las facciones en orden. Primero la frente, los ojos, enseguida la nariz, la boca, la quijada; tu vista de rayos supermánicos lo soluciona y les ves la comisura cuando te dicen que va a llover en el ascensor aunque en los ascensores no llueva; le contemplas el mentón hendido a uno, el lunar que tan bien le queda en el cachete a otra, o adviertes en otro y de reojo sus pelillos salientes del garfio de ave rapaz. Pero ya no, en el nuevo condado son otras personas, incompletas, como yo.

         Sueño con bocas. Y cuando estoy despierto salgo a perseguirlas. Una oficinista fuma al frente de un edificio y veo cómo al dar una calada onda, sus labios finos se arrugan formando una O diminuta para después expandirse y desaparecer entre la humareda. Algo es algo. Otro señor se toma un carajillo en el bar de la esquina para animar el día y en movimiento similar contrae su boca y cuidando no quemarse, sorbe (primera vez que escribo esta conjugación); boca de labios asimétricos, pero boca. Y como las narices también meten las narices, pude ver como otro tipo en el banco de un parque se hacía una PCR con el índice derecho y sin esperar el resultado volteé para encontrarme de frente a una negacionista (o despistada) que igualmente asistió al examen nasal y me ofreció su belfo bruñido a punto de sonrisa, cosa que agradecí. Boca es boca. Y provocación es otra cosa.

         Sueño con bocas. Bocas que me hablen y pueda leer sus letras, bocas que rían y pueda contar su teclado, hasta soportaría si alguna me insulta con todo su fuego. Bocas que me silben, que me soplen, que un día me canten que Alfonsina no se ha ido en soledad.

 

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El mejor español del mundo

         No sé quién nos metió el gol. Pero eso se decía cuando corrían los setenta y yo corría sin hablar detrás de una pelota: "En Colombia se habla el mejor español del mundo" pregonó alguien y muchos nos lo creímos sin saber por qué tal medalla, y la sentencia se repetía de La Guajira al Amazonas (en estas regiones se hablan más de cincuenta lenguas) como un mantra criollo sin preguntarnos a cuenta de qué ni quiénes ni cómo habían dado con ese dato tan etéreo.

         No creo que se hable mejor la lengua madre (mamá Medea) en un lugar más al norte o más al sur, tan sólo cabría intuir que en América se instalaron castellanos de más arriba o de más abajo de la península y cada latitud pescó y acogió maneras de molerlo y descalabrarlo. Alguna vez viajé por carretera y carrilera por Suramérica (hay que alardear, chicanear, fardar) y antes de cruzar la línea ecuatorial ya no entendía algunas jeringonzas, así, con dos enes; y de ahí en adelante supe que el lenguaje de mi cuadra —con el que crecemos— se quedaba corto y tuve más claro que las palabras, todas, están a merced para combinarlas lo más lúcido y lucido que podamos. Mientras avanzaba cada tantos kilómetros escuchaba un español diferente, en sus notas y en su ritmo. Rumbo a Cuzco, me encontré en un trancón descomunal y pregunté a un lugareño qué pasaba y me dijo que era una trancadera. Entendí porque era evidente que la fila de buses y camiones y camperos se extendía en lontananza (me repele esa palabra, pero existe porque más de uno la entiende y escrita queda). Tal vez la pregunta sobraba, pero según donde hubiera estado, la respuesta podría haber sido: atasco, taco, embotellamiento y algunas más. Más adelante en Iquique, una señora que me acogió en su casa me ofreció porotos y como tenía mucha hambre dije que sí sin saber si era un molusco o alguna fritura. Ignorancia pura. Nada mejor que no saber para poder sumar. (Todavía hay quien se burla de cómo se dice esto o aquello en esta o en otra parte). Y para no alargar el viaje, en Buenos Aires me sacó de la resaca (guayabo, goma, cruda) un muchacho que gritaba al otro lado de la puerta, "el sodero, abrime, soy el sodero". Entendí cuando calmé la sed.

         Volviendo al reducto emparamado de donde salí, allí, de pequeño escuché palabras de esas que uno cree son las definitivas, que esas son las que son y punto. No son otra cosa que palabras aposentadas, detenidas en los relojes y que corren el peligro de desaparecer como las recetas inconfesables. Por ejemplo, en las cocinas se sentía bullir la sopa (mientras escribía el borrador en el teléfono, su corrector insistía en poner "billar"); o en el solar de las casas de antes, la gente pañaba moras o higos, o a los niños los regañaba el taita. Rezagos de gentes de Cataluña, de asturianos o vascos que dejaron parte de su diccionario (y algunos resabios) en nuestros condados sin conde.

         ¿Que en Santafé de Bogotá se habla el mejor castellano? En Piura dicen lo mismo. Y en las provincias de Valladolid o Palencia o en Burgos se darían en la jeta, en la boca, en los morros por atribuirse el origen de la lengua y su corrección al tratarla. El mejor castellano del mundo está en las calles y no sólo el que está “en letras de molde” como se decía antaño. Eso sí, el molde hay que romperlo una y otra vez, aunque sea para no entendernos.

Anuncio clasificado

         Hombre de cincuenta años bien vividos, mal recompensados. Estudios medios y competencias en oficios ad honorem, o sea, por la honra, por la sola satisfacción del trabajo, que para mí no es un enemigo sino un amigo que me da la espalda. En la actualidad gozo de empleo desechable, es decir, que puedo dejar en cualquier momento o que me pueden echar de un instante a otro. Soy solvente a medias, es decir, que carezco de soluto lo que me tacha como un tipo sin solución. También soy sostenible, no como los cultivos hidropónicos ni los modelos agrícolas sino que soy propenso a que me mantengan. Eso sí, soy impermeable a los avatares del mercado y estoy disponible a ponerle el pecho a lo que me pongan, excepto cambiar ruedas, inflar globos para fiestas y pasear perros.

         Presumo de ecologista. Por ejemplo, no tiro el empaque del chicle al suelo y el chicle me lo trago para no contribuir a las aceras dálmatas. No es que sea resistente al agua como los relojes finos, sino que opté por tomar la ducha un día sí un día no, y si el Sí cae en domingo, pues No. El planeta hay que cuidarlo, hay que tomar la ecología como una inversión; por ejemplo, ojo jóvenes: si van a comprar vivienda o terreno para construirla, que sea a más de 500 metros sobre el nivel del mar. Y no se preocupen por los mayorcitos, sabemos nadar y tenemos asumida la perspectiva de ahogarnos con las aguas saladas de la pena o del océano. Además, me precio de tener cuotas suficientes de resiliencia, esa palabreja que robamos a los sicólogos para acuñarla a toda suerte de prácticas y que las llamadas nuevas generaciones han adoptado estoicas —es de encomiar— lo aguantan todo, hasta que le bajen el sueldo y los sometan a teletrabajo los días de guardar. Me uno a sus sinsabores, resistamos, reciclémonos, reinventémonos, así solicitar patentes salga muy caro. Soportemos que nos deban dos meses de sueldo pero no tres, toleremos órdenes pero no mandamientos. Yo, por lo menos aguanto eso y más, gracias a que soy ¿cómo se dice? free spirit, libre de sulfitos como los vinos responsables, aunque pueda tener trazas de bachiller y me hayan dicho hasta guapo.

         Aclaro, estas líneas, aunque parezcan un curriculum vitae son un anuncio, de los que cobran por palabras y que dadas las circunstancias y la extensión no sé si me alcancen las monedas. En resumen, Hombre con los atributos expuestos con anterioridad so-li-ci-ta: dama emancipada, de las de antes o de las de ahora; no me malentiendan, no empiecen a buscar epítetos contra este su servidor. Empiezo de nuevo: mujer muy mujer, de la misma edad o inferior para no tener que llamarle vieja pendeja cuando riñamos. Preferible feminista moderada, no de las que se comportan como los individuos que dicen combatir y adoptan posturas como las que desean abolir; que no se sienta menos si le cedo el puesto en el bus, que no me cape en las redes sociales por un piropo que en los noventa no sería más que un requiebro baboso. Una mujer que no me recoja la ropa del suelo, que no agradezca que orine sentado. No importa si es carnívora o vegana de verdad, no de postura. Necesito una dama que me quiera lo justo y me acepte como un error. (Interesadas abstenerse).

 

Este texto —escrito en un folio de rayas y en tinta verde— fue encontrado dentro de un tratado sobre absurdismo y es reproducido con oportunas censuras, pues la libertad de expresión empieza y termina cuando y donde conviene. Como en las parejas.

 

Restaurantes después y antes

         Al parecer un tal monsieur de apellido Boulanger, en la París prerrevolucionaria servía algunos “caldos reconstituyentes” en su establecimiento de la rebautizada Rue du Poulies, ahora de Louvre. Pues bien, unos empezaron a llamar a esta clase de locales boulangeries y otros parisinos optaron por las bondades del caldo, (que restauraba sus ánimos y sus barrigas) para nombrarlos restaurants, que doña RAE (que rae, roe y corroe) en su versión castellana expone como lugares “públicos donde se sirven comidas y bebidas, mediante precio, para ser consumidas en el mismo local”, y que dadas las circunstancias actuales debería replantear tal definición.

         Yendo un poco más atrás, recién han encontrado en Pompeya un termopolio, lo que vendría a ser un comercio callejero donde se vendían viandas y bebidas, el street food del siglo primero de la era cristiana. En las fotos difundidas por las agencias de prensa se pueden ver unos puestos de mampostería decorados en sus laterales con frescos muy vistosos, como un par de patos muertos a la manera de un bodegón de caza, un gallo altivo que los mira absorto que a su vez es asechado por un perro amarrado y hambriento; también dejan ver en su parte superior algunos recipientes de barro incrustados donde los arqueólogos hallaron restos de comida preparada con cerdo, cabra y caracoles entre otras delicias. Nada nuevo si se escarba otro poco y nos enteramos de que en Egipto ya había comedores de pago quinientos años antes de que el Vesubio sepultara con su vómito bermellón y gris a los pompeyanos y sus vecinos de Herculano donde también se han hallado esqueletos en lugares públicos similares a los que apenas podemos visitar dos mil años después. Si apeláramos a otra clase de mensajeros, Cervantes —por ejemplo— nos cuenta que don Quijote (que comía lentejas los viernes) visitaba fondas y ventas, apuraba yantares y potajes bajo su peste de amor; y Goya nos legó un cuadro con una pelotera frente a un mesón donde el viajero común iba a restaurarse. Sí, la gente siempre ha ido a esos lugares, sea de paso o como costumbre instalada. Nadie negará que si en casa se come rico, perfecto. Pero si se hace por fuera, por necesidad, por falta de tiempo o de talento, a la pípol le gusta ir a los restaurantes, al puesto de mercado o a la venta callejera para aliviar el buche o llenar la panza a placer.

         Si en el futuro —ese después que no veremos— los arqueólogos y antropólogos o como se hagan llamar, encuentran bajo toneladas de plástico y escombros robóticos el dibujo de dos panes con cosas en medio, o el de unos círculos cortados en forma de triángulos concéntricos, o unas sofisticadas cajitas con residuos de comidas muy chic, se sorprenderán de lo lúcidos que fueron los habitantes del siglo veintiuno; si hay suerte descubrirán letreros con inscripciones “para llevar”, delivery, take away, “cerrado” y tal vez los despojos humanos de un muchacho en bicicleta con una caja termopolio a la espalda lo más de curiosa. Tal vez les cuenten a sus congéneres humanoides sin pituitaria ni papilas posibles, que alguna vez hubo unos lugares de reunión donde más que comer y beber, se juntaban amigos y familias; dizque se sentaban y se contaban cosas, probaban del plato del vecino, se reían o hacían negocios (hasta dejaban fumar en otro siglo); relatarán que allí se pedían manos para casarse o ancas para jactarse, que se citaban al mediodía o al anochecer, y si había tiempo, licores y postres, conversaban en una larga, larga sobremesa.

Fantasmas en la red

Cuando visito el barrio del señor Zuckerberg lo hago fugaz y salgo en fuga para no caer en esa telaraña pegajosa. Recuerdo que en una de esas veces hace unos años, después de una ausencia dilatada en esta red encontré la “invitación de amistad” de un paisano conocido que meses atrás había muerto. ¡Plop! Entonces me pregunté, con admiración incluida: ¿¡Uy! estamos condenados a permanecer allí, en la vitrina de la felicidad? ¿Seguiremos apareciendo en las notificaciones como espectros incólumes? Recordé tal episodio porque el mes pasado entré y encontré un mensaje: “Ayer fue el cumpleaños de…” decía muy diligente la página, ignorando que un colega de andanzas publicitarias se había ido hace unos cuatro o cinco años. Retomé el interrogatorio: ¿qué pasa con los perfiles de las personas que fallecen? Y no sólo en esa red social. ¿Qué pasa con la del pajarito azul? ¿Y en la otra? ¿En las redes de empleo se mantendrán los currículums forever? ¿Y en esa otra? ¿Y en las redes de citas, qué, dejar plantados para siempre a los pretendientes?

         Volviendo a la red más popular de la galaxia, supongo que hay cuentas personales que quedarán huérfanas y muchos de sus titulares seguirán viviendo tal como lo venían haciendo, entre fotos, emojis y likes más que en su propia casa. Así es, todos los días, a cada hora, se va gente cercana o desconocida, dejando un legado digital latente tal vez sin saber que hay solución para estos casos que se cuentan por millares y que estas plataformas tienen previstos estos imprevistos: si fuera nuestra voluntad que dichos perfiles permanecieran abiertos o clausurarlos a perpetuidad, deberíamos autorizar a alguien para que se convierta en una especie de albacea 2.0 y esta persona tendría que llenar unos formularios y aportar pruebas del deceso y sus etcéteras. Trámite engorroso como los que en estos lances nos ponen la vida y su socia la muerte, más en esta época aciaga en la que todos hemos perdido a alguien próximo, un familiar, amigo o amigo de alguna amiga y nos dolemos de ello porque —entre otras vainas— sabemos que los viajantes a ese arrabal incierto se llevan algo de nosotros en sus alforjas transparentes.

         Se sabe que más de la mitad de la humanidad está presa en alguna red social y que diariamente se registran más inscripciones en estos condominios digitales que nacimientos en el planeta. Así es, el mundo sigue a merced de esta trampa ineludible, tal vez empujado por el vanitas vanitatum o por ese síndrome de “perderse algo”, todos en genuflexión ante estos nuevos dioses que crean maravillas, imantan adeptos y los hipnotizan hasta el instante de su muerte y más allá, cuando —si no lo prevemos— se nos convertirá en duendes del ciberespacio, en almas en pena del pixel y la pantalla. Eso pasa, eso está pasando. Cuando los semejantes mueren, por lo general sus deudos se reparten las cosas, pelean por ellas o entregan sus ropas a la caridad. Y según las modas o los golpes de billetera, entierran a sus difuntos o los queman y les hacen un altar con sus cenizas, o las tiran por ahí al arbitrio de los vientos o las aguas. Pero eso sí, si nos asalta la SeñoraEsa a traición, o si morimos despacio o de repente y sin dejar las cosas muy en orden, parece que estamos sentenciados a seguir morando de red en red como un pez indeseable, como una mosca inmune a su pegamento. Fantasmas en la red, lo más cercano a la vida eterna.

https://www.laopinion.com.co/columna-de-opinion/fantasmas-en-la-red-208349

Peticiones

En esta época del año, así el año sea el que nos tocó, gran parte del orbe empieza a pensar en pedir cosas y deseos que no son cosas. El niñerío, por ejemplo, recibirá la avalancha de anuncios con juguetes jugables, brillantes, veloces, rodantes, armables, desmontables y videojugables, futuros cachivaches que exigirán a sus padres, que si soportan la cantaleta o el chantaje o la inminente denuncia, vaciarán sus tarjetas plásticas para darles gusto. (Los que aún pueden). La juventud, por otra parte, se decantará por pedir aparatos tecnológicos que no compran hace cuatro meses y que ya consideran obsoletos (se incluyen algunos adultos) o hartarán sus armarios con la colección de invierno donde haga frío, o la tendencia de verano donde haga calor. La gente grande cruzará regalos que no ha pedido ni le han solicitado y que en la mayoría de los casos se harán con predecible desatino. En cambio algunos resignados esperaremos eso sí con entereza, los tres pares de calcetines acostumbrados, por fortuna otros, no los mismos del año anterior.

         En cuestión de deseos, peticiones, ruegos o exigencias, se diría que todo sigue igual que siempre si no fuera por la sobredosis de productos, subproductos, complementos, caprichos y veleidades, si no fuera por la fertilidad de mensajes y cartas y rituales para hacer que tantas apetencias sean recibidas, debidamente filtradas y satisfechas con suficiencia a la parroquia insaciable. Con todo y prediciendo lo que me tocará en suerte, tengo mis aspiraciones, que comparto para quienes las quieran hacer propias y agregarlas a sus listas particulares. Peticiones que haré llegar por los medios adecuados al Niño Dios, a Papá Nöel, al Tió de Nadal y a los pajes de sus Majestades los Reyes Magos, así el primero esté en pañales, el otro chocho y obeso, así el tercero aún no traiga una Cataluña libre bajo su manta y los restantes cuenten con el desprestigio de las monarquías.

         En el apartado de posesiones físicas, quiero:

Un chaleco de lana gris, abierto y con botones, como el que perdí en el 89. Un peón y un alfil negros dados de baja, y no hablo de violencia racial aunque le encaja. Un set de placas solares para encender la pasión, es que últimamente… Un reloj que dé la hora en la que el rubio del copete se vaya a jugar golf para siempre. Un rastreador para localizar el paradero exacto de Juanqui I para plantearle un bísnes. Un detector de traficantes de personas, al parecer son invisibles. Un localizador de dirigentes de personas, al parecer son inservibles. Un cubo de hielo descomunal para el ártico y uno chiquito para mi ron. Una cervecita cuando tenga sed, y sed cuando tenga cervecita.

          En el campo de los deseos terrenales, preferiría:

Un dolor de cabeza tres veces al mes y no tres veces a la semana. Que los delfines presidenciables se arrepientan, eso de ser expresidente es aburridísimo. Un amigo parecido a mí, para encontrarnos y caminar en silencio. Que Dieguito ni resucite ni se muera otra vez. Tres verrugas menos en la espalda y dos lunares en los cachetes. Que las compañías telefónicas no sean tan ruines, aunque no podamos sufrir sin ellas. Dos rinocerontes negros, hembra y macho, y estoy hablando de extinción. Que no prosperen las superfusiones bancarias. (Soñar no cobra intereses). ¿O sí? Que el famoso virus fastidioso, como muchos fastidiosos famosos, goce de buen retiro.   

Curso lento de idiomas

         En la entrega del pasado marzo —cuando estaban pasando cosas pero no estaba pasando nada— se ventilaron algunas palabras caídas en desuso, o porque nadie las escribe, porque nadie las lee donde se escribieron o porque si se usan, mucha gente no las ha escuchado jamás o tan sólo no sabe su significado. Se retoma entonces la costumbre de atrapar palabrejas, de las que se deshacen los tiempos, de las que se llevan los viejos, de las que se carga la señora RAE, de las que aconseja la calle. En la publicación “papel Higiénico ilustrado” —que alguien recordará— se hacía este ejercicio; ahora, por estos cauces vuelvo con porfía a lo mismo, sin otro pretexto que buscarlas, recordarlas, transgredirlas y disponerlas al margen del olvido, o para servirlas a quienes las quieran rescatar tal vez en un tuit en un chat en un post, así, castizamente escribiendo.

 Agasajo. Así llamaban a una reunión en la que se mostraba afecto a alguien, se consumían viandas y licores. Ahora también es posible, pero con mascarilla.

Buche: la barriga de cualquier pajarito, antes o después de comer, o la de un niño antes o después de no comer. O ese ruido de líquidos en la boca, posibles con o sin mascarilla.

Taburete: especie de asiento unipersonal utilizado para sentarse —por ejemplo— a ordeñar sin necesidad de mascarilla, o para tomarse una cerveza quitándosela.

Francachela. Agasajo o ágape entre las mismas personas pero más tarde, más alicorados, con más ruido, más aerosoles y con menos mascarillas.

Trifulca: desorden, batahola, en contra de llevar mascarilla y a favor de la libertad de contagiar y ser contagiados sin ella. O sea, pendencia entre cascos y pasamontañas.

Enagua. Prenda antiquísima usada bajo la falda que se ponía o se quitaba según las costumbres, las circunstancias —como la mascarilla— y claro, guardando las distancias.

Tuste: coco, mollera, cap, cabeza, azotea, torre, es decir, esfera deforme que soporta ideas, sombreros, caperuzas, tiaras, gorros, cofias, orejas y mascarillas sujetas a las orejas.

Zaguán: pasadizo de ciertas casas antiguas, donde —entre otras cosas— era posible el último beso de novios o amantes, cuando la mascarilla era cosa de quirófanos.

Maromo: amante del género masculino también llamado tinieblo, querido; en versión femenina, pirueta o acrobacia sin urgencia de mascarilla en cualquier circo o zaguán.

Tocadiscos. Aparato reproductor de sonido con plato giratorio en el que se ponen elepés o long plays que deben ser frotados previamente con una mascarilla vieja, for example.

Mansarda: altillo de las casas de antes, que como la cigüeña llegaron de París, también llamada buhardilla, que al estar aislada podemos subir sin…

Emperifollar: ponerse las medias los pantalones o las enaguas o la corbata o el sombrero o la bufanda o la camisa, el jubón, la chaqueta o la chaquetilla. Y que no falte la…

Letrina: cubículo similar en forma y función a los destinados a las citas electorales, donde aparte de gérmenes ofrece algunas emisiones íntimas que e-xi-gen-el-uso-de-mas-ca-ri-lla.

Bueno, y alguien despistado podría preguntarse, ¿por qué tanta lata con la palabrita? ¿Qué es eso de mascarilla? Pues vocablo archiconocido por el ser humano, a saber:

 Mascarilla: capas y capas de pasta de aguacate o pepino para exhibir mejores pieles, o capas y capas de fibras higiénicas de uso individual para ocultar las sonrisas, muecas, bochornos y flaquezas de la humanidad global.

Apología del encierro

Los días en que permaneció encerrado medio planeta en el próximo pasado no hicieron más que alimentar en mí la idea de que la reclusión in home es la mejor salida justo para eso, para no salir.

        ¿Salir a qué? ¿A trabajar si me pagan tan bien, si me pagan tan mal? ¿A trabajar si no hay trabajo? ¿A estudiar para no conseguir trabajo? Corrijo, corrijo. Ahora se puede teletrabajar, tal como los cajeros electrónicos, 7-24. Todo un privilegio, un gran paso para la humanidad, diría el astronauta. Y se puede aprender, por ejemplo, desde el retrete, en la cama, tirado en el sofá o al borde de la piscina, bajo el parasol de la playa o la sombra de un mango. ¿Por qué no? Y si alguien está dispuesto a instruirse pues alguien habrá de enseñarle. Y claro, el profe o la tícher lo podrán hacer desde cualquier sitio y en paños menores si lo prefieren, eso sí, con el torso muy elegante, bien planchado y la cámara apuntando adonde tiene que apuntar.

         Salir, salir. ¿Salir a comprar el pan cuando la compañía de la “a” y la sonrisa lo envía caliente y esterilizado? ¿Visitar un museo si tengo al Louvre y al Metropolitan a un clic, en 360º y megazoom para ver obras con hectopixeles de definición? Además sin el tufo y el flasheo de pelotones de japoneses con mascarillas. Sí, muchos de ellos ya las llevaban mucho antes de que se pusieran de moda y nos parecían ridículos. ¿Salir de fiesta si sale tan caro? ¿Buscar pareja si una App me la pone en bandeja?

       ¿Salir o no salir? Esa no es la cuestión. El asunto es quedarse. ¿Acaso el mundo, el universo no está en las pantallas? ¿Quiero ver un reality show postizo? Ahí está un menú tan extenso como el de un restaurante chino. ¿Me apetece comer chino? Pues llamo al chino. Bueno, eso ya estaba inventado y lo teníamos reservado para la pereza del domingo. ¿Que no tengo trabajo? Basta tener bicicleta y músculo (o haber quedado fuera del top ten en el Tour) y ya eres raider, la profesión indefinida más prometedora de la vía láctea. Seguimos hilando y al hablar de leche, habrá quien recuerde a Klim, el columnista, humorista y escritor que se encerró en su casa por algunos lustros ataviado con piyama, bata, cigarrillo, whisky y máquina de escribir. Todo está inventado. ¿Vestirse o no vestirse? ¿Vivir en piyama? ¿Soñar sin ella? Así vivió hasta que se le torció una tripa y sin quitarse el atuendo fue a parar a una clínica adonde iría a morir. To die, to sleep; / To sleep: perchance to dream… según don Hamlet.

        ¿Salir? ¿Quedarse? ¿Querer salir porque te encierran? ¿Quedarse sin siquiera pensar en salir? Y permanecer así, encerrados, recluidos, enjaulados, cautivos, enclaustrados. No, no voy a nombrar esa palabra, ese verbo que empieza con ce y termina —cómo no— en ere con alguna efe en los intermedios. No lo nombro por desgaste del pobre, que de pastar en las páginas judiciales o conventuales ha llegado al extremo de necesitar representante legal para exhortar a escribientes y hablantes para que consulten el diccionario de sinónimos que tan buenos servicios presta a la raza, casta, ralea, especie, estirpe, prosapia, tribu, horda humana.

       Jefas y jefes, empleadas y empleados, alumnos y alumnas, maestras y maestros, amantes y amantas ¿para qué estar cerca si estar lejos está tan bien? Podemos vernos a medias o mostrarnos enteros, sin olernos, sin intercambiar gérmenes y con el párpado de nuestra cámara a un dedo de distancia.

Tragar entero

       Ahora que me las tiro de escribidor, cuando tecleo lo hago en las mañanas escuchando música clásica y corrijo en la tarde con rock. Y con CD, sí, me quedé en el CD, me gusta ver la lista de las canciones, los autores, las fotos y tal. Pero cuando alterno con la radio no siempre sé de quién son las composiciones, a menos que el locutor lo diga. Estando en esas, me aventuré en el dial —por cambiar, sólo por cambiar— y me topé con una emisora que ventilaba sevillanas, tal vez alguna seguidilla y otras de ritmos emparentados hasta que sonó una rumba catalana: El muerto vivo, de Peret, según la presentadora.

         A ver, a ver, me dije. Esa vaina es de un colombiano. Tal vez la chica quiso decir que la interpretaba Peret, pero tal vez también daba por sentado —como mucha gente— que la composición es autoría del señor Pedro Pubill Calaf y no de Guillermo González Arenas. Acudí a su señoría World Wide Web, que todo lo sabe y todo lo sube, para enterarme de los antes nombrados y en muchas de sus entradas se le atribuye la tonada, por omisión o por suposición, al señor nacido en Mataró, Cataluña. Y como muchos tragamos entero y sin digestión cerebral, pues parece que (al menos en España, donde triunfó la versión de Peret) esa es la verdad. Pero si nos diera por explorar y leer un poco más, en efecto, letra y música son del compositor y arreglista de Manizales, Caldas. Rolando Laserie la cantó con su toque, las orquestas tropicales la tocaron con el suyo y hasta Sabina y Serrat se le midieron, además los heavy metal de Metallica hicieron un arreglo forzado en el estadio olímpico de Barcelona.

         Eso pasa. Eso está pasando. Unos crean y cranean, otros interpretan, otros callan, suponen, tergiversan o se aprovechan. Otros cortan y pegan. Y muchos engullen sin masticar. La historia de El muerto vivo sólo es un ejemplo al aire de lo que se consume en web, en redes o en medios parcializados, además de los millones de contenidos dudosos que se eructan a cada minuto. Corte, pegue, remiende y atribuya, sin filtro, sin contraste, sin rigor, con sesgo. Ni qué decir de lo que sale por boca de gobernantes legítimos y por deslegitimar, quienes intentan convencer a sus pueblos y a veces lo logran. Si hay rumiantes que no regurgitan, inventemos verdades. Si hay verdades evidentes, neguémoslas, que siempre habrá quien nos crea.

         Para terminar con el chisme —porque lo es— cuentan que la canción nació cuando el compositor en cuestión cogió el periódico cualquier día y leyó la noticia acerca de aquel obrero de una empresa cementera, que en plena época prenavideña recibió su sueldo, su prima y —como a muchos colombianos con plata extra en el bolsillo— lo primero que se le ocurrió fue una cerveza. O mil. Y el mancito desapareció entre las nieblas de la juma y ante la ausencia de días, su madre fue a buscarlo a la morgue de Medellín y comprobó al ver una cicatriz inigualable en la rodilla, que el cadáver era igualito a su hijo. Punto. O puntos suspensivos, porque no encontré mucho más, aunque es de intuir que el tipo apareció con su resaca días después y se armó el despelote; de ahí vendría el interés periodístico y luego la creación del compositor. Realidad por un lado, y un batido de ficción por el otro. Otra cosa es tanta basura pendiendo de la telaraña de Internet.

         Eso pasa. Eso está pasando. Raras veces la gente sabe lo que lee, raras veces piensa en lo que cree. Y raras veces algún borrachín muere de mentiras, raras veces su madre lo confunde y raras veces se hacen buenas canciones. Y muchas veces los sobrios escriben majaderías que a ningún ebrio se le pasarían por la cabeza.

 

Consejos aconsejables

        En la película El Graduado (The Graduate, 1967), uno de los invitados a la fiesta lleva hacia la piscina al homenajeado, quien después de haber sido regurgitado por una universidad muy prestigiosa del este americano, le presta algo de atención. El tipo —socio de su padre y esposo de la célebre Mrs. Robinson— con aire confidente, iluminado, a manera de gran consejo le dice en tono bajo, misterioso y casi profético: “Plásticos, los plásticos tienen un gran futuro”. La película narra hechos de esos años 60 en los que estaban pasando tantas cosas, cuando chicos despistados como Ben (Dustin Hofmann), regresaban a casa, a sus vacaciones de post-grado sin saber qué hacer con sus vidas; y de pronto, ni siquiera llegaban a planteárselo.

         Nada muy distante a lo que se enfrentan miles de jóvenes de todos los sexos en la actualidad. Claro, sí, estudio esto, lo otro, porque si no me preparo qué puedo hacer para encajar en este mundo tan complejo, tan competitivo, tan visual, tan virtual. Es lo que dictan los dictámenes sociales. ¡Ah! conque has nacido. Pues prepárate, antes de que abandones el chupete, el tetero, dejarás tu casa: a la guardería, a socializar, que en este mundo el que no interactúa está jodido. ¡Qué! ¿Ya estás más grandecito? Ponte una bata de cuadritos, así, uniformado, toma tus lápices de color y colorea el mundo, tan lindo el mundo. Y la primaria y la secundaria, como borregos a pastar allí, a pastar allá. ¿Y después? Pues lo que viene después. ¿Es que no hay otra manera?

         No hace mucho, en un programa televisivo de concurso (también debemos pasar por allí, se aprende muchísimo) el presentador preguntaba a una concursante lo de siempre. Cómo se llama, de dónde es, qué ha estudiado y para gastar tiempo agregó otro interrogante: “¿y cómo te ves dentro de cinco años?” La chica lo tenía diáfano, ya tenía perfilado su futuro y respondió: “en el paro”; desempleada, sin trabajo o haciendo uno ajeno a su preparación, o peor, ejerciendo su profesión por un sueldo de M. Sí, pongámosle todas las letras. Hay salidas, claro, aunque algunas parezcan abismos. Bueno, podrá decir usted, “no me venga con el cuento de que todo es así, que la gente estudia para nada; sin estudios y preparación y algo de curiosidad el mundo no estuviera lleno de maravillas”.

        Toda la razón. Toda la razón. A ver, a ver, maravillas, maravillas. ¡Los plásticos! Desde su invención, o desde los primeros acercamientos al material hace casi dos centurias, el ser humano, sin duda, se ha beneficiado de ellos. Dicen las leyendas de su majestad la web (lugar asequible donde el conocimiento es tan gratis como el desconocimiento) que lo creó un tipo para participar en un concurso y así sustituir al marfil de las bolas de billar. Muy loable la intención. Salvar a los papás de Dumbo, a los descendientes del Coronel Hathi. Y qué me dicen de sus propiedades: los plásticos son baratos, fáciles de moldear, de colorear; son aislantes, impermeables, adictivos (quién no haya comprado, usado, tirado plástico que alce la mano o la bolsa). Esta maravilla, sólo por soltar un dato, es capaz de aniquilar cada año a más cien mil animales en ríos, lagos y mares, y otra cifra superior de aves que no resisten su atractivo.         

       Ojo señoritos graduandos, señoritas graduandas, si en la fiesta de graduación que tan merecida tienen se les acerca un tipo con un whisky en la mano, escúchenlo, tal vez tenga la llave de su prosperidad. Quizás estén ante la última revelación, a lo mejor les susurre: “bio-armas, armas biológicas, virus, los virus tienen un gran futuro. Y las vacunas, ni se diga…” 

Orinar con famosos

A los veintitantos y aún con licencia vigente para infracciones, cometí varias veces la de decantar en lugar público; bebes litros de cerveza y lo único que sacas en claro entre las nieblas del alcohol, es que la cebada se va al crecimiento de barriga, el alcohol directo al discernimiento y el líquido restante a la madre tierra. Uno va al baño del bar muy educadito, pero cuando sale a la calle y el riñón vuelve a decir es hora otra vez, entonces un árbol o un muro pasan a merecer unos dibujitos. Entonces sacamos el amiguito de abajo y describimos parábolas, trazamos hipotenusas o en el mejor de los casos —si las reservas y el talento alcanzan— nos fajamos una obra maestra expresionista abstracta como un Pollock o tal vez un Miró. Pero no bastan los trazos sueltos o el dripping en soledad. No sería completo. Por fortuna en esos casos se suele ir con algún compinche, quien en un acto natural al ver al otro en micción, dice: "colombiano no orina solo" y se une al delito.

       Pero lo que iba a contarles era otra cosa, enlaza con lo anterior pero toca ir rellenando la cuota de palabras exigidas para completar la columna. Y claro, se ha de ambientar la anécdota para sustentar el tema: hablar acerca de esos aspavientos que nos asaltan y no resistimos contar. Lo no contado, no ha sucedido. “¡Ah! yo estuve allí cuando...” y ufanos ladeamos la cabeza; “esta foto fue la vez que...” “conocí a fulanita el día tal...” y pestañeamos, lentamente; “me presentaron a perencejo en el...” Y así, nos envanecemos con esos pequeños honores que nos propinan quienes creemos sublimes, mejores, quienes dan lustre a cierto oficio, a cualquier bandera, nuestro héroe deportivo; nos sueltan una firma en una servilleta, nos honran con una sonrisa o nos permiten un selfie rogando no les pasemos el brazo por encima del hombro como si fuéramos íntimos.

         A lo que iba. Fui invitado a Cartagena de Indias a un almuerzo con una delegación española y para más descreste a un hotel situado en una isla no apta para peatones. Pues allí lo vi, estaba no muy lejos junto a su esposa en una mesa nutrida. Gran novedad en la nuestra, el cuchicheo y poco más; uno no puede dejar que se le enfríe la cazuela o se le endurezca el patacón por andar mirando famosos. En fin, después de otros platillos caribeños y suficientes cervezas, los mismos riñones —entonces pre-adultos— dieron la orden y no tuve más que obedecer. Al entrar al baño, una casita adjunta al restaurante a cielo abierto, encontré un orinal muy Duchamp pero al derecho y empecé el ritual; estando en esas entró alguien y como a mí me asusta estar de espaldas, pues volteé, cosa que no hizo ese alguien, nada menos que Fernando Botero, “el mancito que pinta gordas”, como dijo un mancito. Como dicta la etiqueta, el maestro marcó distancia varonil, se encuadró hacia el rincón y sacó su pincel. Yo miré con discreción para confirmar si en efecto era el mismo de antes. Sí, era el pintor, el escultor, el artista vivo más célebre entre las celebridades del arte artístico. ¿Hablarle del punto de fusión del bronce con ese calor? ¿De dimensiones, de volumen, así, con las manos ocupadas?

         No dije ni mu. ¿Por qué habría de hacerlo? No dijo ni mu. ¿Por qué habría de hacerlo? Tan sólo éramos dos tipos aliviando, separados por tres metros pero unidos en el deber patriota de orinar en compañía.

Tener la razón, perdiéndola.

“El sueño de la razón produce monstruos” es un grabado de Goya que muestra a un hombre (tal vez él mismo) dormido en una silla y recostados cabeza y brazos sobre un cubo o una mesa de trabajo que en el lado frontal anuncia el título de la obra; al acecho del tipo revolotean búhos y murciélagos y un lince echado en el suelo, mirando alerta la escena.

        Como suele suceder con las artes, son susceptibles a interpretaciones de críticos y conocedores, que criticarán mucho y conocerán mucho, pero desconocen las verdaderas intenciones del artista, que en este caso nos abre el camino desde el título, desde la palabra y nos deja desnudos ante nuestro conocimiento, ante la intuición y nuestra sensibilidad.

         A propósito de las circunstancias actuales y si quisiéramos asociar y desmenuzar la frase, podríamos asegurar que en las recientes semanas la humanidad ha entrado en una especie de “sueño”, de letargo, hasta de pesadilla y ha sido acechada por búhos sabiondos, por murciélagos sospechosos y por los linces de siempre. Una modorra impuesta donde muchos despiertos han hecho agostos y otros más listos, insomnes, no pierden minuto para el desafuero y el atropello. Y la población entera, aterida, como zombis asistiendo al espectáculo por la portentosa ventana de las pantallas.

        La “razón” sería la palabra clave; la razón como capacidad de entendimiento, como demostración de algo o simplemente como creencia de “estar en lo cierto”. Aristóteles, Hume, Nietzsche, o una sicóloga o algún dialéctico actuales nos podrían dar clases enteras sobre el asunto, pero seguro que la mayoría (incluido quien escribe) preferiríamos salir a tomar una cerveza.

        Y “monstruos”, por sí decir matachos, que se crecen y se creen, que imponen y vociferan y ni siquiera sueñan con tener la razón, porque ellos la tienen. Verbi gratia —dicen los profesores— un presidentiño que cual percherón (perdón señor caballo) tiene muy bien puestas sus anteojeras y no puede mirar sino hacia un lado, su lado; o acaso no la tiene el señor del copete yellow que la inyecta a medio país de borregos (perdón señoritos corderos) que sin procesar la regurgitan en sus redes y vecindarios.

         “Dios nos libre de todo mal y peligro” decían las abuelas. De malos sueños, de sueños en despierto; de monstruos, espantajos y tarascas; de razones encubiertas y razones testarudas. Según Kant, en el campo teórico, el uso de la razón propicia juicios y en el práctico, mandatos. No crean que tengo libros de Kant, tampoco de Cantinflas, esto me lo googleé; y como también veo películas, Unamuno dizque dijo “venceréis pero no convenceréis” aduciendo a la falta de razón en el ejercicio de persuadir, antesala de la certidumbre.

         Pero volvamos al peatón que somos mayoría, quienes pretendemos tenerla en el café, en el bar, ante el televisor, en la mesa, en el colchón, desde el balcón; tenemos la razón porque la tapa del inodoro esto y porque el gobierno lo otro; porque la vecina piensa esto, si lo cierto es que; y medimos en los demás sus dos dedos de frente y nos atornillamos a convicciones sin siquiera tener la valentía de ponerlas en duda.

         Esperando no estén tan adormilados como el genio pintor, acudo y les exhorto a explorar el refranero popular (que suele estar en lo cierto) el cual dice cosas como que “buena razón quita cuestión” o “con pistola a discreción cualquiera tiene razón” o que “la razón —simplemente— es de quien la tiene”.

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Domingo largo

         Esta columna desapareció un mes y pocxs lo habrán notado, natural, porque no soy influencer que haga falta como una droga, ni mucho menos un gurú que se envanezca al decir se los dije, ojo con esto. Una ausencia de domingo largo. El usual, el de todas las semanas es un día con otra velocidad. O porque no haces nada o porque haces muchas cosas; todo como un ejercicio para quitarnos la costra de la rutina. Pero este mes y pico ha sido otra clase de domingo. En mi agujero —invadidas mis horas con la mejor compañía— tuve que aceptar muchas cosas, como todxs, cada quien con su realidad, no es muy lúcido apuntarlo. Y como cualquier mortal en clausura observé, escuché, vi, leí, sentí y sufrí ese torrente de información, de no información, de grandes gestos, de otros postizos; de reclamos sensatos y ayudas no tanto, de oportunismos inoportunos, chistes flojos y genialidades geniales en red. Observé, escuché, vi, leí, sentí y sufrí ese guiso saturado de la humanidad intentando (mejor, creyendo) ser más humana.

         Saqué la escafandra de voyeur y observé personas ejercitándose en las terrazas, leí señoras colgando la misma ropa con los mismos ganchos, escuché señores yendo de un lado a otro en balcones estrechos, como tigres zoologizados; sentí parejas aplaudiendo a las ocho en punto, a niños invisibles jugando sobre los sofás. Leí la prensa en pantalla, leí un libro aplazado mil veces, releí otros sueltos, a mordisquitos como si fueran la última galleta. Me vi ante las vidrieras del supermercado, a metro y medio, señorías; sufrí el acuerdo con el arrendador, que fue posible; escuché cosas raras: ¿los pájaros cantan más fuerte? no, es que hay menos bulla; ¿la campana del parque cercano tañe más alto? no, es el viento que no hace caso a los semáforos. Escuché la yema del sol romper en el horizonte, oí el runrún de abejorro de la ciudad dormida. Pasan cosas raras los domingos largos. Sufrí líderes y lideresas como púberes indecisxs, imprecisxs, ponzoñozxs, como si estuvieran en ropa interior ante un espejo pleno preguntas. Sentí cómo se contaban las muertes (que cuentan sólo para sus deudos). ¡Qué bien, hoy sólo 300! Y todxs, como convictxs, contando los días que faltan, dibujando rayitas en la pared; bueno, también hicimos el ejercicio de contar con quien vive enfrente, con quien no conocemos, hasta el de contar con nosotrxs mismxs.

         Y cuando abran las compuertas de la presa, el agua será ella. ¿Y así será?: ¡oh gurú! llevaremos mascarillas prêt à porter, otras con pedrería y firmas muy chic, y la sonrisa será un bien íntimo, casero; luciremos guantes muy justos, sudando como cirujanos y saludando en colores, preservativamente. Algunxs gustarán tanto de su casa —la que pagan para habitar tan sólo unas horas— que no querrán salir; habrá quien sufra el síndrome post-encierro, post-confi, post-long-Sunday. ¿Y así no será?: ¡oh influencer! ¿Más respetuosos con el planeta? ¡Cuál planeta! ¡Carpe diem! Aquí y ahora, que el futuro no existe. ¿Más solidarios con los refugiados? ¿Acaso no estuve recluidx semanas? ¿Que baje el ritmo de vida? ¡Cuál ritmo, qué vida! ¿Estar más con la familia? ¿¡Más!? Y ojalá vuelva el fútbol que no insulto hace marras, que vuelva la ópera para tomar champán en el intermedio; quiero comprar, que abran los restaurantes para zamparme la carta entera; quiero conducir, acelerar, que suene el claxon, necesito una bocanada de dióxido de carbono en la esquina, un chute de óxido de nitrógeno en la avenida, tirar una lata de cerveza en el parque…Domingo largo domingo. Y hay quien aún se queja de los lunes, que no son más que una humilde ventana a lo de siempre, a Nuestro Mundo, (voraz, arrogante) que entre otras cosas no es nuestro.

Nota aclaratoria: las equis son aes u oes para usar a voluntad. Otro ejercicio.

Publicado en el diario La Opinión, el 8 de mayo de 2020

En la oficina de empleo

No soy filólogo, ni lingüista, ni especialista lexicográfico. Sólo un man que le da a la tecla casi a diario y se interesa por el lenguaje; el que se usa, el que se maltrata, el que muta, el desconocido, el que se olvida y el que se ha quedado en la trastienda.

El castellano –dicen por ahí– cuenta con cerca de 90.000 palabras y los americanismos se le arriman. Otros idiomas tienen más o menos y seguro que hay más en la calle, pero de todo este caudal, una persona de mediana educación utiliza tan sólo el 10% y aunque sepa el doble, no lo usa. Pobre balance, estando en la época de las gigacomunicaciones.

         Abramos pues algunas gavetas, desempolvemos algunos anaqueles, abramos algún seibó para sacar a esas señoras palabras, a esos señores vocablos que si bien hemos leído o escuchado alguna vez o todo lo contrario, han pasado a la obsolescencia como prendas de atrezzo. Van algunas, pues, con significados caprichosos que según las geografías y los legados caseros pueden colisionar con otras acepciones de otros mapas y otras heredades.

Aldaba. Pieza metálica adherida al portón y que si no ha sido reemplazada por un timbre, retumba en el zaguán. Si queda portón y si queda zaguán.

Cogote. Donde termina o comienza el tuste que es lo mismo que la testa, donde apretaba el              garrote y zanjaba la fiesta.

Antiparras. Gafas, lentes, anteojos, “quevedos”; adminículo que da sentido a las orejas y a las narices. Y a los ojitos, off course.

Patán. Hombre brusco, de malas maneras, que cuenta con un séquito entre el que se encuentran algunas patanas.

Cigoñino. Así como lo es el corvato del cuervo, el guarnigón de la codorniz, el perdigón de la perdiz. El querido polluelo de la cigüeña.

Tronchar. Quebrar algo de manera manual, ya sea una mano, un tobillo o el bastimento para un buen sancocho o un gran cocido.

Culillo. Perturbación exclusiva del reino animal similar al miedillo, pavorcillo, temorcillo o paniquillo en el centro del anillo.

Vagaroso/a. Que va por el mundo, por las calles, errabundo. Como la mariposa, que Pombo no sabe por qué va de rosa en rosa.

Implume. Ser vivo o muerto que carece de plumas, como un pollo asado, un elefante crudo o un cliente de banco o casino.

Carranchín. Algo así como ronchas transitorias, sarpullido, o miles de granitos de origen conocido que se transmite entre desconocidos.

Ciclán. Persona –generalmente del género masculino– similar al cíclope pero en la zona testicular, es decir, de carambola imposible.

Chuspa. Bolsa pequeña, de materiales como la tela, el cuero, el plástico o el grafeno y que sirve, por ejemplo, para guardar las antiparras.

     Allí están, ellas son, y llegarán más. Harán fila con su curriculum vitae bajo el brazo a la búsqueda de vacante temporal o precaria. No, la verdad, sólo intentan entrar en una conversación, en un cuento, en algún poema. No quieren sueldo, necesitan empleo.

Publicado en el diario La Opinión, el 6 de marzo de 2020

Algo personal, pero prestado

Me lo encontré la otra noche, en un sueño. Y le pedí permiso. Además cometí ese acto pueril pero irrefrenable que sufrimos algunos mortales frente a otros mortales inmortales: demandarles un selfie. Esto, para abultar el acervo exiguo de cosas por contar y para enviar la foto a un afecto para que se enroscara de envidia. Aceptó con su risa bonancible la segunda solicitud y para la primera me dijo que sí a secas. El Nano —así le decimos los amigos de verdad y los amigos en sueños— después de su aprobación me dijo con sorna que ojalá alguien nos leyera, y antes de darse la vuelta y subir a su casa de la calle del Poeta Cabanyes, pude ver de nuevo sus dos lunares en la mejilla y su suéter cuello de tortuga.

        Mi petición no era otra que reproducir una de sus canciones, ante mi escollo para decir ciertas cosas a ciertos personajes y que al escribirlas no podían ser mejores, más precisas y más vigentes que la letra del cantautor. Aquí va, pues.

ALGO PERSONAL

Probablemente en su pueblo se les recordará / Como cachorros de buenas personas, / Que hurtaban flores para regalar a su mamá / Y daban de comer a las palomas.

Probablemente que todo eso debe ser verdad, / Aunque es más turbio cómo y de qué manera / Llegaron esos individuos a ser lo que son / Ni a quién sirven cuando alzan las banderas.

Hombres de paja que usan la colonia y el honor / Para ocultar oscuras intenciones / Tienen doble vida, son sicarios del mal. Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad, / Viajan de incógnito en autos blindados / A sembrar calumnias, a mentir con naturalidad, / A colgar en las escuelas su retrato.

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar / Espías, listas negras y arsenales / Resulta bochornoso verles fanfarronear / A ver quién es el que la tiene más grande.

Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz, / Juegan con cosas que no tienen repuesto/ Y la culpa es del otro si algo les sale mal. / Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Y como quien en la cosa, nada tiene que perder. / Pulsan la alarma y rompen las promesas / Y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer / Nos ponen la pistola en la cabeza.

Se agarran de los pelos, pero para no ensuciar / Van a cagar a casa de otra gente / Y experimentan nuevos métodos de masacrar, / Sofisticados y a la vez convincentes.

No conocen ni a su padre cuando pierden el control, / Ni recuerdan que en el mundo hay niños. / Nos niegan a todos el pan y la sal. / Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión / De declarar públicamente su empeño / En propiciar un diálogo de franca distensión / Que les permita hallar un marco previo.

Que garantice unas premisas mínimas / Que faciliten crear los resortes / Que impulsen un punto de partida sólido y capaz / De este a oeste y de sur a norte,

Donde establecer las bases de un tratado de amistad / Que contribuya a poner los / cimientos / De una plataforma donde edificar / Un hermoso futuro de amor y paz.

(Tienen doble vida, son sicarios del mal. Entre esos tipos y yo, entre esos tipos y yo, entre esos tipos y yo hay algo personal)

Algo personal, de Joan Manuel Serrat, de su álbum Cada loco con su tema. 1983

La novela AQUÍ SÓLO REGALAN PEREJIL

cumple un año de publicación en Colombia y España

Sólo por cambiar

Se dice que quien no arriesga un huevo no tiene un pollo; habrá quien diga que apostar así como así por la cacareada célula es muy osado, más si el aforismo resulta por cumplirse a pata de letra y tener que soportar al hijo de la gallina, tan ruidoso y tan cagón. Los huevos son mejores fritos y los pollos también. Pero si el tema es el albur, la aventura, hay que decir sin plumas en la lengua, que el riesgo, el cambio, es la decisión que más electricidad produce en los cuerpos.

       Cuerpos y mentes humanas que para seguir hablando de animales se dice justo eso, que el ser humano es un animal de costumbres, de rutinas, un ser de acomodo que tiene pavor a moverse un palmo hacia territorios desconocidos. ¿Cambiar de trabajo así me aburra como una ostra sin perla? ¿Cambiar de ciudad si aquí nací y aquí quiero morir? ¿Cambiar de pantuflas si sólo tienen quince años? Claro que no, claro que sí. Tan válido como un billete de 300 o algo más difícil, tres de 100.

       Y ya que se apela a proverbios, podemos parafrasear a Eduardo Galeano y su sentencia  que dice que se puede cambiar de religión, de partido político, de pareja, pero de equipo de fútbol jamás de los jamases, ni de fundas, ni por el Putas, ni porque te paguen y un etcétera con puntos suspensivos. Suplir una creencia por otra no implica alta traición, podríamos argumentar; basta hacer cosas nimias como comer o dejar de comer ciertas cosas y ponerse más o menos ropa, entre algunos cambios en adornos de pared, mesa y joyería. Del cristianismo al islam, del hinduismo al judaísmo, o tornarse cuáquero, o amante de Zoroastro o huir de cualquier credo hacia la nada. Bienvenido para cada quien, si eso te conserva como buena persona, que tal parece todos nacemos así, sin mácula ni suspicacia. Cambiar para ser mejor, mejora.

         Virar de partido o fundar uno nuevo no es nada nuevo. Ir del azul intenso hasta la frontera del morado sin ponerse colorados de vergüenza, del verde eco al verde vegan, del arco iris al naranja sin ponerse amarillos de la ira. Cambiar de sigla, de logo, de nombre. ¿Qué más da si un día nos levantamos más izquierdosos que derechosos? ¿Y si me voy al centro, siendo el centro tan peligroso? Dicen que en todos los centros atracan; sí, atracan los barcos que vienen desde la zurda y la conservadora. Todos contentos si cambiáramos para hacer el bien, que es más arduo que hacer el mal, pero se intenta. Y si se tratara de pareja, ¿trocar hombre por hombre, mujer por hombre, hombre en cuerpo de mujer por hombre, o simplemente cambiar de lado de la cama con la misma yunta? Todo vale si nos queremos, sin que nadie se irrite ni cambie de humor.

         Cambiar de día, de año, de década nos toca a las malas, pero lo que se dice cambiar, así sea la manera de lavarnos los dientes, renueva. Cambiar da vértigo y el vértigo da emoción, cambiar sacude el coco, hormiguea en la barriga. Arriesgarse a romper huevos para más tarde voltear la tortilla. ¡Eso! ¿Por qué no? O cambiar un rato sólo para regresar a lo de siempre. Cambio de sentido, cambio de luces, cambio de talla porque engordé, cambio de moneda, cambio el verbo cambiar, cambio de copa porque cambio de vino, “cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida”, cambio cambio cambio. Cambiar debería ser una adicción. Y las adicciones sólo se placen cuando ya se ha probado lo suficiente y se ha escogido lo necesario. Quien no cambia, no fracasa, ni triunfa que es lo mismo si cambiamos de visión; cambiar es dejarle el huevo a la gallina o cascarlo con los ojos cerrados. Por cambiar, sólo por cambiar.

Artículo publicado en el diario La Opinión, el 3 de enero de 2020

Tirria global

No es que no se haya avanzado en la práctica de la tolerancia entre las gentes; claro que sí, tanto, que se tiene la impresión de estar retrocediendo. Según sea el tema que se lance, tal parece que por igual –ya sea en la tundra asiática, en un rincón mediterráneo, un vericueto andino, un fogón caribeño o en cualquier esquina occidental– estamos listos y con la mano en la empuñadura, prestos a sacar la espada que sabemos filuda o recién elevada al rojo vivo en la forja de la tensión. Porque hay tensión en el ambiente, señoras y señores; se nota el calentamiento moral, hormonal, global.

En cuestión de conexiones humanas –para no entrar en consideraciones filosóficas, geográficas, educativas, informáticas o religiosas– la Tolerancia y su antónimo habitan nuestro diccionario diario; y utilizamos su significado y sus secuelas por boca o por pantalla cuando Mengana o Perencejo se plantan con sus argumentos o sus sandeces; y así, como la piedra de los molinos o la batería del teléfono móvil, las palabras y sus acepciones, las personas y sus relaciones se gastan porque se gastan.

Salgamos a la calle para hacer una prueba, sólo una prueba. Ensayemos acomodar a cuatro en una mesa, toquemos el tema de algo tan serio como el fútbol (todo lo que genera pasión y extrema riqueza lo es) y comprobaremos que en pocos minutos la animadversión ya fecunda o por alimentar ha hecho ebullición, y veremos cómo se detestan colores y escudos, se abominan equipos y ciudades, se censuran camisetas y pantalonetas. Respect, ladies and gentlemen.

Sentemos a los mismos cuatro, salve decir que son dos mujeres y dos hombres –para ser equilibrados o malabaristas– en la misma mesa pero otro día y si no se han dejado de hablar, póngales la política por conversación. No hace falta mucho seso para prever que la reyerta está asegurada. Otro deporte: la descalificación por delante y ojalá algo peor por detrás; terreno donde la idea se subordina al disparate o el chovinismo silencia al interés por el conjunto; y todo eso al ondear de banderas y a la pulsación de tuíteres y whatsápperes. Entendimiento señores y señoras.

Para distender el asunto, por ejemplo, sólo por ejemplo, traigamos a un cómico para que les suelte algunos chistes, que resultan ser –como muchos– racistas, machistas y xenófobos (los chistes, no las personas, ni más faltaba). Los cuatro asisten al espectaculito tal vez con risas forzadas, con silencios elocuentes; todos detrás de esa máscara que en público sirve de escudo para no parecer racista, ni machista, ni xenófobo. Autenticidad, señoras y señores.

Y si se nos ocurriera llevar al cuarteto a un cuartito y proponerles por materia la sexualidad –para no entrar en consideraciones filosóficas, geográficas, educativas, informáticas o religiosas– penetraríamos en terrenos cenagosos pero abiertos, vedados pero campantes. Como el recinto lo suponemos oscuro y nos quedamos afuera, ignoraríamos por un buen rato si los personajes van a intercambiarse camisetas o a bajarse pantalonetas, si accedan a mudar de partido o de equipo, o estén propicios a aceptar ciertas ocurrencias. Consentimiento, señores y señoras, señoras y señores.

Si así fuera, esperemos que al abrir la puerta, veamos salir personas con caras amables, resueltas a defender posiciones sin ponzoña, a embestir sinsentidos con elocuencia; personas dispuestas a pasar esta aventura que es la vida (más su muerte), con más afecto que encono, con más sensatez que necedad, con más endorfinas que doctrinas. Entretanto la Tirria, en su página del diccionario espera –tolerante– no su abolición, sí su desgaste.

Artículo publicado en el diario La Opinión, el 6 de diciembre de 2019

Un relato más

MOSQUITA MUERTA

          Ayer ejercí la muerte. Ya lo había hecho antes, pero ayer fue una más concreta. Más muerte. Maté una mosca con un matamoscas. Maté un azul. Un azul que no era ultramar. Un azul que no era de cobalto. Maté un azul mosca. No voy a describir cómo, pues parecería una página roja y esta es una muerte azul. Era molesta. Se daba topes contra la ventana después de haberlo hecho ya diez veces y la burra (porque la metamorfosis aquí también es posible) se daba de nuevo tratando de remontar el cristal queriendo ser un fantasma, así, traspasando lo transparente como si fuera tan fácil. No. Antes hay que morir para tomarse esos atributos.

         Es que si las moscas no fueran tan zumbantes, si emitieran alguna armonía armónica, no estuvieran mereciendo el destino de ser despanzurradas con un matamoscas; ni siquiera se merecerían que un desocupado hubiera creado el matamoscas. Es que no hay sino verlas, dan vueltas y vueltas y justo se paran en mi trozo de papaya. Les encanta mi trozo de papaya, que es un trozo de papaya diferente cada día, porque me lo como así haya sido husmeado por una mosca. Y es una mosca diferente cada día, por no decir que son varias y usted ya vaya pensando en qué muladar vive este señor. Porque –valga la pena aclarar– soy un señor; pues las señoras según mi señora no matan una mosca.

         Es que no hay sino verlas, ellas se montan sobre su objetivo elegido (las moscas,  no las señoras) y sacan de sus cabezas un adminículo negro a manera de T invertida. Yo no sé si muerden, si chupan, si lamen, pero se les nota en sus salticos concéntricos el deleite. Les sabe a curuba aunque sea papaya. Y papaya dan las muy pendejas, porque yo las espanto con la mano izquierda y ellas huyen y dan vueltas y vueltas hasta que van a parar al vidrio de la ventana. Y ahí es. Ellas caen, si es que me decido a liquidarlas. Dirá usted, dama leyente, –yo también me lo pregunto– porqué moscas y no moscos, por qué “ellas” y no ellos. Problema de género. O de tamaño. O de color. O de información. Porque yo moscos sí conozco, pero son más pequeños. Pardos. Y suenan menos. En cambio las moscas, las que yo llamo moscas –así aprendí a decirles, pues no les he mirado la entrepierna– son más grandes, zumban más, tienen corazas azules de todos los azules, algunas verdes de casi todos los verdes, bellas y nobellas, y me miran con ojos rojos mate que invitan a que las mate.

         Es que no hay nada más fácil que dar muerte. Póngase usted a pensar. No es más que nos den un motivo, que nos traspasen alguno de nuestros límites permitidos por nuestras limitaciones para que digamos “es que yo le mato”, así con artículo neutro, para que después no digan. Y al final no lo hacemos, no matamos. Los profesionales (que hay demasiados graduados) no dicen “yo le mato”. Le matan. Es que dar muerte es fácil si uno no se pone a pensar.

         Ayer ejercí la muerte. Ya lo había hecho antes, pero ayer fue una más concreta. Más muerte. Maté una mosca con un matamoscas. Maté un azul. Un azul que no era ultramar. Un azul que no era de cobalto. Maté un azul mosca. Mosquita muerta.

 

Tomado de Cortoletrajes II, libro de relatos en obras.